En España hemos llegado a un punto en el que la verdad ha dejado de tener valor para quienes gobiernan y para quienes les sirven de altavoz. La izquierda española —y su ejército de periodistas militantes— ya no se esfuerzan siquiera en disimularlo: no les interesa lo que ocurrió, no les importa lo que muestran las imágenes, ni siquiera lo que dicen los jueces o los médicos. Lo único que les importa es el relato.
El último episodio lo hemos visto con el caso de Sarah Santaolalla y la supuesta agresión denunciada contra el periodista Víctor Quiles. Durante horas, durante días, la maquinaria mediática del sanchismo funcionó a pleno rendimiento. Titulares, tertulias, indignación prefabricada y ministros del Gobierno solidarizándose con una víctima que, según decían, había sido agredida por la “ultraderecha”.
El problema es que las imágenes estaban ahí. Y las vio toda España.
En ellas no aparecía ninguna agresión.
En ellas no había violencia.
En ellas no había absolutamente nada que justificara el escándalo que la izquierda pretendía construir.
Pero eso nunca ha sido un obstáculo para quienes viven de fabricar ficciones políticas.
Cuando la realidad destruye el relato
Con el paso de las horas, la verdad comenzó a abrirse paso.
El juez denegó la orden de protección y la solicitud de alejamiento.
El parte médico no respaldaba en absoluto las supuestas lesiones denunciadas.
Es más, el propio informe sanitario dejó claro que no existían lesiones compatibles con la agresión que se pretendía denunciar.
Dicho de otra forma: no había agresión.
Y sin embargo, la izquierda y sus terminales mediáticas continuaron repitiendo la mentira como si nada hubiera ocurrido.
Porque para ellos la verdad es irrelevante.
En el universo ideológico de la izquierda española, la verdad y la mentira son poco más que conceptos secundarios, casi religiosos. Lo importante no es lo que pasó, sino lo que conviene decir que pasó. Si el relato sirve para demonizar al adversario político, entonces debe sostenerse incluso cuando la realidad lo desmiente de forma aplastante.
Ministros sosteniendo una mentira
Lo más grave de este episodio no es solo la mentira en sí. Lo verdaderamente alarmante es ver a miembros del Gobierno de España sosteniendo públicamente una falsedad que ya había sido desmontada por los hechos.
Ministros solidarizándose con quien había construido una acusación que no se sostiene.
Ministros señalando a periodistas incómodos.
Ministros contribuyendo a la criminalización del adversario político.
Y todo ello a pesar de que todo el país había visto las imágenes.
En cualquier democracia sana, algo así provocaría dimisiones inmediatas.
En la España de Pedro Sánchez, en cambio, se convierte en una estrategia política más.
Porque el objetivo no es esclarecer lo ocurrido.
El objetivo es aplastar al rival político.
La política de la mentira permanente
Este caso no es un hecho aislado. Es simplemente un ejemplo más de un método político que la izquierda ha perfeccionado durante años.
La fórmula es siempre la misma:
Se lanza una acusación escandalosa contra el adversario político.
Los medios afines amplifican la historia sin comprobar nada.
El Gobierno se suma a la indignación fabricada.
Cuando la mentira se desmonta, nadie rectifica.
La mentira ya ha cumplido su función.
El daño ya está hecho.
La reputación del adversario ya ha sido atacada.
Y entonces simplemente se pasa al siguiente escándalo.
Una izquierda incapaz de reconocer errores







