La izquierda y el imperio de la mentira

La izquierda y el imperio de la mentira
porJavier Garcia Isac
opinion

La gran tragedia de nuestra época es que, para una parte de la izquierda española, la verdad se ha convertido en un obstáculo


En España hemos llegado a un punto en el que la verdad ha dejado de tener valor para quienes gobiernan y para quienes les sirven de altavoz. La izquierda española —y su ejército de periodistas militantes— ya no se esfuerzan siquiera en disimularlo: no les interesa lo que ocurrió, no les importa lo que muestran las imágenes, ni siquiera lo que dicen los jueces o los médicos. Lo único que les importa es el relato.

El último episodio lo hemos visto con el caso de Sarah Santaolalla y la supuesta agresión denunciada contra el periodista Víctor Quiles. Durante horas, durante días, la maquinaria mediática del sanchismo funcionó a pleno rendimiento. Titulares, tertulias, indignación prefabricada y ministros del Gobierno solidarizándose con una víctima que, según decían, había sido agredida por la “ultraderecha”.

El problema es que las imágenes estaban ahí. Y las vio toda España.

En ellas no aparecía ninguna agresión.

En ellas no había violencia.

En ellas no había absolutamente nada que justificara el escándalo que la izquierda pretendía construir.

Pero eso nunca ha sido un obstáculo para quienes viven de fabricar ficciones políticas.

Cuando la realidad destruye el relato

Con el paso de las horas, la verdad comenzó a abrirse paso.

El juez denegó la orden de protección y la solicitud de alejamiento.

El parte médico no respaldaba en absoluto las supuestas lesiones denunciadas.

Es más, el propio informe sanitario dejó claro que no existían lesiones compatibles con la agresión que se pretendía denunciar.

Dicho de otra forma: no había agresión.

Y sin embargo, la izquierda y sus terminales mediáticas continuaron repitiendo la mentira como si nada hubiera ocurrido.

Porque para ellos la verdad es irrelevante.

En el universo ideológico de la izquierda española, la verdad y la mentira son poco más que conceptos secundarios, casi religiosos. Lo importante no es lo que pasó, sino lo que conviene decir que pasó. Si el relato sirve para demonizar al adversario político, entonces debe sostenerse incluso cuando la realidad lo desmiente de forma aplastante.

Ministros sosteniendo una mentira

Lo más grave de este episodio no es solo la mentira en sí. Lo verdaderamente alarmante es ver a miembros del Gobierno de España sosteniendo públicamente una falsedad que ya había sido desmontada por los hechos.

Ministros solidarizándose con quien había construido una acusación que no se sostiene.

Ministros señalando a periodistas incómodos.

Ministros contribuyendo a la criminalización del adversario político.

Y todo ello a pesar de que todo el país había visto las imágenes.

En cualquier democracia sana, algo así provocaría dimisiones inmediatas.

En la España de Pedro Sánchez, en cambio, se convierte en una estrategia política más.

Porque el objetivo no es esclarecer lo ocurrido.

El objetivo es aplastar al rival político.

La política de la mentira permanente

Este caso no es un hecho aislado. Es simplemente un ejemplo más de un método político que la izquierda ha perfeccionado durante años.

La fórmula es siempre la misma:

Se lanza una acusación escandalosa contra el adversario político.

Los medios afines amplifican la historia sin comprobar nada.

El Gobierno se suma a la indignación fabricada.

Cuando la mentira se desmonta, nadie rectifica.

La mentira ya ha cumplido su función.

El daño ya está hecho.

La reputación del adversario ya ha sido atacada.

Y entonces simplemente se pasa al siguiente escándalo.

Una izquierda incapaz de reconocer errores

La izquierda española tiene un rasgo profundamente inquietante: es incapaz de reconocer un error.

Jamás pide perdón.

Jamás rectifica.

Jamás admite que se ha equivocado.

Y esto no es casual.

Forma parte de una mentalidad política profundamente sectaria en la que el adversario no es alguien con quien debatir, sino un enemigo al que destruir.

Por eso manipulan la historia.

Por eso falsifican los hechos.

Por eso inventan agresiones que nunca existieron.

Y por eso se sienten orgullosos de su pasado político, incluso cuando ese pasado está marcado por episodios de violencia, persecución y sectarismo.

Imposición ideológica frente a reconciliación

Durante décadas se habló en España de reconciliación. De convivencia. De cerrar heridas del pasado.

Pero esa reconciliación solo puede existir si ambas partes la desean.

La izquierda española no la quiere.

Nunca la ha querido.

No busca convivir con quien piensa distinto.

No busca debatir.

No busca contrastar ideas.

Lo que busca es imponer su visión del mundo.

Y para lograrlo no dudan en utilizar cualquier herramienta: la manipulación mediática, la mentira política, la criminalización del adversario o la presión social.

Todo vale si sirve para avanzar en su proyecto ideológico.

La verdad, como enemigo

La gran tragedia de nuestra época es que, para una parte de la izquierda española, la verdad se ha convertido en un obstáculo.

La verdad molesta.

La verdad, incómoda.

La verdad desmonta relatos.

Por eso prefieren ignorarla.

Por eso siguen defendiendo historias que han sido desmentidas por las imágenes, por los jueces y por los informes médicos.

Porque para ellos lo importante no es lo que ocurrió, sino lo que necesitan que la gente crea que ocurrió.

Una advertencia necesaria

El caso Santaolalla es mucho más que una polémica mediática. Es un síntoma de algo más profundo y más preocupante.

Es la demostración de que en la España actual hay una parte del poder político dispuesta a construir una realidad paralela en la que la mentira se convierte en herramienta política.

Y cuando un poder político pierde todo respeto por la verdad, la democracia empieza a estar en peligro.

Porque sin verdad no hay debate.

Sin verdad no hay justicia.

Sin verdad no hay libertad.

Y hoy, en España, hay demasiados interesados en que la verdad desaparezca.


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