Durante la legislatura de Joe Biden hemos asistido a un incremento exponencial de una serie de políticas que estaban convirtiendo el mundo occidental en un caldo de cultivo donde la ignominia, la corrupción, el exceso de dádivas clientelares y un exacerbado paternalismo de las minorías llevaron a la administración Biden a ser expulsado de la Casa Blanca por la soberanía popular de EE. UU. en los comicios recientemente allí celebrados, poniendo fin al mandato de un depauperado abuelillo quien, aunque en sus últimos meses denotaba decrepitud y hasta compadecimiento por un más que notorio deterioro físico y mental, no por ello dejó de ser el máximo responsable y mandatario de la nación con más poderío del mundo que a punto estuvo de sumirnos en la tercera guerra mundial, utilizando a Zelenski como persona interpuesta contra Rusia con el fin de mantener su hegemonía económica frente a China.
Recordemos que a dos cortas semanas de finalizar su mandato y de la toma de posesión del cargo de Presidente de los EE. UU. por parte de Donald Trump, Biden estaba autorizando el uso de misiles de largo alcance a Ucrania, con el único objetivo de escalar el conflicto. Estoy de acuerdo en las recientes manifestaciones de Trump en cuanto a que si la administración Biden hubiese renovado mandato, la tercera guerra mundial hubiese sido inevitable.
Pero dejando casos hipotéticos aparte, la realidad es que Donald Trump venció en los comicios estadounidenses de manera aplastante y como hacía tiempo que no veía; y esto no es fruto de la casualidad. Los ciudadanos estadounidenses eran conscientes del cambio que debía obrarse para que el desastre, no sólo bélico, sino en muchos otros ámbitos también, hiciera rendirla hasta ahora hegemónica posición mundial de EE. UU.
Trump desde su llegada al poder, y lo ha hecho como un elefante en una cacharrería firmando más de sesenta o setenta decretos ejecutivos presidenciales en menos de un mes y que han puesto de vuelta y media al mundo entero, ha cortado de raíz la deriva ideológica que asolaba el mundo occidental y que no hacía otra cosa que poner en evidencia la debilidad y tibieza de occidente, cosa que decididamente no va con Trump, pero con el espíritu americano tampoco.
Aunque de manera espectacular y por qué no decirlo, sumamente excéntrica, ha echado el freno de mano y ha tomado una curva de 180º derrapando y acelerando al mismo tiempo cual piloto experto de rally en aspectos de importante relevancia. Todo ello ha puesto a diario en todas las portadas y primeras páginas de los medios digitales y noticieros del mundo entero a Trump, donde todos permanecemos expectantes a la espera de la siguiente noticia. Las reacciones no se han hecho esperar haciendo salir a la palestra a propios y extraños, a partidarios y detractores de este tsunami que se ha lanzado contra Europa desde costas americanas. Pero una cosa es cierta y es que no ha engañado a sus electores. EEUU conoce bien a Trump y una sociedad cansada de la deriva woke, de complacencia socialista y de políticas belicistas ha votado por la eliminación de todo ello. Trump lo está llevando a cabo y sin perder ni un solo minuto como llevamos viendo en los apenas treinta días que lleva de mandato.
Anteriores políticas compartidas, tanto por demócratas como republicanos y con la complacencia internacional, han avalado el papel de EE. UU. como "policía del mundo". Por otro lado, el mundo ha asistido con aquiescencia durante muchas décadas a un absoluto intervencionismo, injerencias sobre gobiernos y sobre la opinión pública en espacios ajenos, así como la asunción por parte de Europa de políticas promotoras de lo injusto ahondando más si cabe en tremendas desigualdades que han sido exportadas al viejo continente; EE. UU. ha sido nuestro referente. Esto es un hecho ya histórico que viene produciéndose desde mucho antes de la Segunda Guerra Mundial, pero desde donde a partir de ese punto EE. UU. se erigió en el papel del garante y en la obligación de proteger la cultura y forma de vida occidental y su régimen de libertades.







