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3 de abril: Stalin, el Plan Marshall y la lección de una España sola pero en pie

3 de abril: Stalin, el Plan Marshall y la lección de una España sola pero en pie
España frente al comunismo
porJavier Garcia Isac
opinion

El nombramiento de Stalin como secretario general del Partido Comunista en 1922 no fue un mero trámite burocrático

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Hay fechas que, separadas por los años, terminan hablando de lo mismo. Fechas que parecen aisladas, pero que en realidad forman parte de un mismo relato histórico. El 3 de abril de 1922, Iósif Stalin era nombrado secretario general del Partido Comunista de la Unión Soviética. El 3 de abril de 1948, Harry S. Truman firmaba el Plan Marshall para la reconstrucción de Europa tras la Segunda Guerra Mundial. Dos efemérides distintas. Dos escenarios distintos. Pero una misma enseñanza para España: mientras otros decidían el destino del mundo desde los despachos, nuestra nación resistía sola, combatía sola y salía adelante sola.

Porque si Stalin representa la consolidación del terror comunista, el Plan Marshall representa también la exclusión de España por parte de una Europa y de unos Estados Unidos que se llenaban la boca hablando de libertad mientras apartaban deliberadamente a una nación que había sabido derrotar al comunismo en su propia tierra.

Stalin: el ascenso de un monstruo político

El nombramiento de Stalin como secretario general del Partido Comunista en 1922 no fue un mero trámite burocrático. Fue el comienzo de una de las mayores tragedias de la historia contemporánea. Muchos, en aquel momento, no supieron ver lo que se estaba gestando. Otros sí lo vieron, pero callaron. Stalin fue acumulando poder con paciencia, con astucia y con una crueldad sin límites, hasta convertir la Unión Soviética en una inmensa prisión de pueblos.

Bajo su mando, el comunismo mostró su verdadero rostro: purgas, deportaciones, hambrunas provocadas, campos de trabajo, asesinatos masivos, persecución religiosa, aniquilación del adversario político y sometimiento absoluto del individuo al Estado. Millones de personas fueron trituradas por la maquinaria soviética. Y, sin embargo, durante décadas, una parte importante de la intelectualidad occidental siguió mirando a Moscú con simpatía, cuando no con abierta admiración.

Eso también conviene recordarlo. Porque el comunismo no sólo mató con balas o con hambre. También se benefició de la complicidad moral de periodistas, escritores, profesores y políticos de Occidente que blanquearon sus crímenes, justificaron sus excesos o directamente los negaron.

España, sin embargo, conocía demasiado bien el peligro. Lo había sufrido en carne propia. Lo había padecido durante la Segunda República y, de manera especialmente brutal, durante la guerra civil. Aquí sí se sabía lo que significaba el comunismo cuando se hacía con las calles, con los sindicatos, con los resortes del poder y con el odio como motor de la acción política.

España frente al comunismo: una conciencia forjada en la sangre

Por eso, cuando años después Europa se enfrentó a la expansión soviética, España no necesitaba que nadie le explicara quién era Stalin ni qué representaba la URSS. España ya lo sabía. Lo sabía porque había sufrido la revolución, la persecución religiosa, el sectarismo, la violencia de las checas, el asesinato político y la destrucción del orden social.

Mientras muchas democracias occidentales contemporizaban con el comunismo o lo utilizaban según conveniencia, España había librado una batalla decisiva contra él. Y esa batalla marcó el rumbo de nuestra historia en el siglo XX. Frente al caos revolucionario, frente al desorden, frente al intento de sovietizar España, hubo una reacción nacional que impidió que nuestra patria quedara absorbida por la órbita de Moscú.

No fue una cuestión menor. No fue un episodio secundario. Fue una de las grandes encrucijadas de nuestra historia. España no cayó del lado del comunismo, y eso determinó todo lo que vino después.

La División Azul: España combate al estalinismo en suelo soviético

Esa conciencia anticomunista no quedó en el terreno teórico. Se convirtió también en acción. Cuando Europa volvió a mirar hacia el este, miles de españoles se alistaron voluntarios en la División Azul para combatir al comunismo soviético en territorio ruso. Aquellos hombres no fueron allí por capricho, ni por aventura, ni por folklore. Fueron porque entendían que la lucha contra Stalin era una continuación de la lucha que España había librado pocos años antes en su propia casa.

La División Azul fue, ante todo, una expresión de coherencia histórica. España había derrotado al comunismo dentro de sus fronteras y ahora muchos españoles consideraban que aquella amenaza no terminaba en los Pirineos, sino que tenía su centro de mando en Moscú. Para ellos, combatir al ejército soviético era combatir la raíz de un mal que ya había intentado devorar a España.

Hoy se pretende caricaturizar aquella gesta, deformarla o reducirla a una simplificación propagandística. Pero la realidad es que aquellos voluntarios combatieron contra uno de los regímenes más criminales de la historia. Combatieron contra el estalinismo. Combatieron contra el totalitarismo soviético. Combatieron, en definitiva, contra el mismo monstruo cuya consolidación política había comenzado aquel 3 de abril de 1922 con el ascenso de Stalin dentro del aparato comunista.

Y conviene decirlo sin complejos: España estuvo ahí también en el lado correcto de la historia. No con los verdugos de Katyn, no con los arquitectos del Gulag, no con los responsables de las grandes hambrunas y de las purgas masivas, sino enfrente.

El Plan Marshall: la reconstrucción de Europa sin España

Y llegamos al 3 de abril de 1948. Truman firma el Plan Marshall, presentado como una gran iniciativa para reconstruir una Europa devastada por la guerra. Se nos ha contado durante décadas como un ejemplo de generosidad estadounidense, como una muestra de visión estratégica y solidaridad con el continente. Y sin negar el papel que jugó en la recuperación de muchas naciones europeas, conviene subrayar una verdad incómoda: España quedó excluida.

No porque estuviera destruida moralmente. No porque hubiera abrazado el comunismo. No porque hubiera sido una amenaza para Europa. España quedó fuera por razones políticas e ideológicas. Quedó fuera porque el régimen de Franco era incómodo para los vencedores de la guerra mundial y porque se impuso un cordón de aislamiento diplomático contra una nación que, paradójicamente, había sido uno de los diques más firmes frente a la expansión comunista en Europa occidental.

Es una de esas grandes hipocresías del siglo XX. Se ayudó a reconstruir a media Europa mientras se marginaba a España. Se premiaba a países arrasados, se integraba a naciones que habían convivido con toda clase de ambigüedades, y, sin embargo, se dejaba al margen a una España que había vencido al comunismo antes que nadie y que había pagado un alto precio por sostener su independencia política.

España salió adelante sola

Y, sin embargo, España salió adelante. Esa es la gran lección que algunos no perdonan y otros prefieren olvidar. España no recibió Plan Marshall. España no fue mimada por las grandes potencias. España no contó con la simpatía de las cancillerías internacionales. España tuvo que reconstruirse, estabilizarse y crecer con sus propios medios, con el esfuerzo de los españoles, con sacrificio, con trabajo y con una voluntad de supervivencia nacional que hoy parece casi incomprensible.

Mientras otros recibían miles de millones, España se veía obligada a abrirse camino en condiciones mucho más difíciles. Y aun así lo hizo. Lo hizo con errores, con limitaciones, con estrecheces en muchos momentos, sí, pero lo hizo. Levantó infraestructuras, desarrolló industria, modernizó sectores enteros, contuvo la revolución y sentó las bases de una etapa de crecimiento y transformación que acabaría cambiando el país.

Eso es lo que irrita a muchos relatores del presente: que España, aislada y despreciada, no se hundió. Que España, sin el auxilio de Washington, salió adelante. Que España demostró que una nación con conciencia de sí misma puede resistir incluso cuando el mundo la señala y la excluye.

La doble lección del 3 de abril

Por eso el 3 de abril encierra una doble lección histórica. La primera, que el comunismo, encarnado en Stalin, fue desde el principio un proyecto de terror, de dominación y de exterminio político. La segunda, que España, pese a ser marginada por los arquitectos del nuevo orden occidental tras la Segunda Guerra Mundial, fue capaz de mantenerse en pie sin renunciar a su identidad ni a su soberanía.

De un lado, Stalin representa la barbarie elevada a sistema. Del otro, el Plan Marshall, tal como fue aplicado respecto a España, representa la mezquindad de unas potencias que nunca perdonaron a nuestra nación haber tomado su propio camino. Y entre ambos hechos aparece España, sola pero firme, empobrecida pero no vencida, apartada pero no rendida.

España, siempre incómoda para los ingenieros del mundo

Hay una constante histórica que se repite: cuando España actúa según su propio interés nacional, molesta. Molestó cuando se negó a convertirse en una república soviética. Molestó cuando derrotó a la revolución. Molestó cuando envió voluntarios a combatir el comunismo. Y molestó también cuando, pese al ostracismo internacional, logró rehacerse sin someterse a quienes pretendían dictarle su destino.

España ha sido demasiadas veces juzgada no por lo que hizo, sino por no plegarse a los esquemas ideológicos del momento. Y eso ocurrió tanto con el comunismo como con el aislamiento posterior. Se nos castigó por no ser lo que otros querían que fuéramos. Pero aun así resistimos.

Una nación que no pidió permiso para sobrevivir

Conviene recordar estas dos efemérides no como simples curiosidades del calendario, sino como parte de una verdad histórica mucho más profunda. El ascenso de Stalin fue una amenaza para toda Europa, y España lo entendió antes que muchos. La firma del Plan Marshall marcó la reconstrucción de Occidente, pero dejó fuera a España, y España respondió como sólo responden las naciones con nervio histórico: saliendo adelante sin pedir permiso.

Esa es la gran lección. España combatió al comunismo, España fue excluida de la reconstrucción europea y, aun así, España sobrevivió, creció y se levantó. Frente al terror de Stalin y frente al desprecio de quienes repartían ayudas desde los despachos, nuestra nación volvió a demostrar que cuando tiene conciencia de sí misma no necesita tutela extranjera para mantenerse en pie.

El 3 de abril nos recuerda, por tanto, dos cosas: quién fue Stalin y quién fue España. Stalin, el símbolo del crimen comunista. España, la nación que se enfrentó a ese crimen y que, además, supo rehacerse cuando la dejaron sola.


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