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POLÍTICA

Marlaska contactó con la víctima del DAO y el caso destapa una segunda mujer silenciada

El relato oficial pretende vender sorpresa, pero lo que hay es una cadena prolongada de omisiones políticas

Fernando Grande-Marlaska sí sabía lo que pasaba en la cúpula policial, pero prefirió mirar hacia otro lado hasta que el escándalo estalló. La crisis que sacude al Ministerio del Interior no es un accidente, sino la consecuencia directa de una gestión basada en silencios, jerarquías cerradas y protección del poder. Nadie dirige Interior sin recibir avisos claros cuando algo se pudre en lo más alto.

El relato oficial pretende vender sorpresa, pero lo que hay es una cadena prolongada de omisiones políticas y decisiones aplazadas que acabaron explotando cuando ya era imposible esconderlas. Aquí no hubo ignorancia, hubo comodidad, cálculo y una voluntad evidente de dejar pasar el tiempo para no agitar el organigrama. Marlaska no llegó tarde al escándalo, Marlaska decidió conscientemente no actuar.

Ahora aparecen llamadas a las víctimas, gestos tardíos y declaraciones cuidadosamente empaquetadas para consumo mediático. Todo eso sirve para lavar titulares, pero no para reparar daños ni restaurar la confianza ciudadana. Gobernar exige anticiparse con controles reales, no improvisar cuando el daño ya está hecho.

Hombre de cabello canoso con traje oscuro y corbata azul sentado en un escaño de un parlamento mirando pensativo hacia arriba con la mano apoyada en el mentón

Marlaska protegió la cúpula mientras las víctimas quedaban solas

Mientras el ministro hablaba de prudencia institucional, Fernando Grande-Marlaska mantenía intacta una estructura de mando que ya estaba bajo sospecha, permitiendo que el problema siguiera enquistado en la cúpula policial. No actuó cuando debía, no investigó cuando tocaba y solo movió ficha cuando el escándalo saltó a los medios. Eso no es liderazgo, es administración del daño político.

La destitución de José Ángel González llega tarde y mal, después de que una denuncia por agresión sexual hiciera imposible seguir mirando hacia otro lado. Durante todo ese tiempo, Interior prefirió preservar su imagen pública antes que escuchar a quienes estaban siendo señaladas o presionadas. El mensaje es demoledor: primero se protege el cargo, después se atiende a las personas.

Las llamadas posteriores a las víctimas no compensan meses de inacción ni borran la sensación de abandono institucional. Marlaska intenta ahora vender sensibilidad, pero esa sensibilidad aparece solo cuando el coste político ya es inevitable. El Estado no puede funcionar como una aseguradora del poder, activándose únicamente cuando el incendio ya es visible.

El escándalo del DAO destapa un Interior gobernado desde el silencio

La aparición de una segunda afectada, una vigilante de seguridad que denuncia seguimientos, presiones y pérdida de empleo, revela un patrón que va mucho más allá de un caso aislado. Habla de redes informales, de intimidación soterrada y de un ecosistema donde quien molesta acaba pagando el precio. Y todo eso sucede bajo la supervisión directa del Ministerio del Interior.

El Gobierno insiste en que actuó con rapidez, pero la realidad es que reaccionó tarde y empujado por la exposición pública. Durante meses, las alertas internas no activaron ninguna depuración real, ninguna auditoría profunda, ninguna revisión seria de mandos. La política se subordinó al corporativismo.

Marlaska llegó prometiendo derechos, transparencia y una nueva cultura institucional, pero hoy deja una Policía tocada y una ciudadanía desconfiada. Decir que no sabía nada ya no sirve, porque un ministro responde tanto por lo que hace como por lo que decide no ver. Cuando el poder solo se mueve tras el escándalo, el fracaso ya está consumado, y este tiene firma gubernamental.

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