Trabajar en España significa, en muchos casos, que una parte importante del sueldo nunca llega al bolsillo. Según los últimos datos de la OCDE, la llamada cuña fiscal, que suma impuestos y cotizaciones sociales, alcanza el 41,4% para un trabajador medio soltero y sin hijos. Es decir, de todo lo que paga la empresa por ese empleado, más de cuatro de cada diez euros se quedan por el camino en forma de impuestos.
Traducido a cifras concretas, un coste laboral que ronda los 43.000 euros puede acabar convirtiéndose en unos 25.000 euros netos. Es una diferencia notable que refleja el peso real de la fiscalidad sobre el trabajo en España, situada por encima de la media de la OCDE, que ronda el 35%.
Más presión que en otros países desarrollados
España no solo está por encima de la media, sino que también supera a varios países europeos en este indicador. Para un salario medio de unos 32.600 euros al año, el IRPF supone alrededor del 17% del sueldo bruto, a lo que hay que sumar las cotizaciones sociales.
Aunque existen deducciones y reducciones que alivian en parte la carga fiscal, el resultado final sigue siendo elevado. Y eso en el caso más favorable, el de un trabajador sin hijos. En otros perfiles, especialmente con mayores ingresos, la presión puede ser todavía mayor.







