A estas alturas de la legislatura, pensar que a Pedro Sánchez y a su masa de palmeros les importan los derechos, el bienestar o el futuro de los ciudadanos es simplemente ingenuidad o complicidad. Un Gobierno acorralado por los escándalos, la erosión institucional, la falta de escrúpulos y que ha convertido a España en un gigantesco circo. Detrás de cada eslogan buenista, de cada ley eufemísticamente bautizada como histórica o progresista, solo hay un cálculo miserable: la supervivencia en el Palacio de la Moncloa a cualquier precio.
La Ley de Nietos, que nos vendieron como el cuento de hadas de la reparación humanitaria y la deuda pendiente con los descendientes del exilio es una prueba de ello. Pero la verdad ha quedado al descubierto con la decisión del Tribunal Supremo de suspender cautelarmente la incorporación automática de estos nuevos nacionalizados al censo electoral.
Si al Ejecutivo le importasen verdaderamente esos nietos, su arraigo o su vinculación emocional con España, acatarían la cautela judicial. En su lugar, el grito en el cielo de los ministros socialistas ha sido máximo. ¿Y a que viene tanto nerviosismo? Sencillamente, a que la inmensa maquinaria de propaganda sanchista no buscaba integrar a nadie, sino inflar de manera artificial y fraudulenta el Censo Electoral de Residentes Ausentes (CERA). Pretendían importar un bolsón masivo de votos cautivos desde el otro lado del Atlántico, ciudadanos que no pisará el suelo español jamás, que no sufren la presión fiscal confiscatoria de este Gobierno, que no pagan los servicios públicos colapsados ni se juegan el pan de cada día bajo las leyes que aquí se promulgan, para adulterar las urnas. A este Gobierno los nietos le importan exactamente cero: solo los quieren como meras papeletas de usar y tirar para maquillar su inminente descalabro electoral.
Esta misma dinámica de desprecio absoluto hacia los colectivos que dicen proteger se repite siempre, en cada una de las políticas estrella del autodenominado "Gobierno más progresista de la historia".
¿Les importan las mujeres? absolutamente nada. De haber sido así, jamás habrían impulsado y mantenido contra viento y marea la nefasta Ley del solo sí es sí, una chapuza legislativa que ha supuesto la rebaja de pena y excarcelación anticipada de centenares de violadores y agresores sexuales. No han movido un dedo para reducir el número de muertes o la desprotección real; la LIVG y sus cientos de chiringuitos se han convertido en un lucrativo nicho ideológico para mantener políticos, subvencionar a asociaciones afines y enriquecer los bolsillos de unos pocos burócratas del género. Tampoco les importan las mujeres cuando abren las puertas de par en par a una inmigración ilegal masiva, descontrolada y procedente de culturas radicalmente incompatibles con los derechos fundamentales y la igualdad entre hombres y mujeres, importando unos niveles de inseguridad inaceptables en nuestros barrios.
¿Les importan los homosexuales y el colectivo LGTBI? Otra mentira propagandística. Si la defensa de los homosexuales fuera un principio ético y no una simple bandera multicolor desechable, este Gobierno jamás mantendría relaciones, alfombras rojas y alianzas geopolíticas con regímenes teocráticos islámicos o dictaduras internacionales que castigan la homosexualidad con la pena de muerte y consideran su condición sexual una enfermedad. El activismo de la izquierda se evapora en cuanto hay de por medio petróleo, intereses comerciales o supuestos equilibrios diplomáticos con quienes pisotean los derechos humanos que dicen abanderar.
¿Y la infancia? Bajo el silencio cómplice de los ministerios correspondientes y de los medios de comunicación subvencionados, se ocultan sistemáticamente las estadísticas, la procedencia y la gravedad de los abusos y violaciones a menores que se multiplican por nuestras calles y ciudades a manos de supuestos menas de dos metros y noventa kilos y de delincuentes extranjeros. Todo se silencia, se maquilla o se oculta bajo la ley del silencio, para evitar que la realidad dañe el relato multicultural y el rédito político del Ejecutivo. A los menores de España no los protegen; los exponen y los utilizan.
La pregunta que cabe hacerse es: ¿por qué este desprecio generalizado hacia el bienestar de los españoles, hacia la seguridad de las mujeres, hacia los derechos de los homosexuales y hacia la protección de la infancia? La respuesta es muy evidente. Únicamente les importa mantenerse en el poder por todos los medios imaginables, atornillados a los sillones del Consejo de Ministros, para intentar retrasar lo inevitable: que se sepa de una vez por todas la verdad sobre el contenido de Pegasus, el control de las cloacas del Estado y los manejos oscuros que comprometen la propia estabilidad penal y democrática de la Moncloa.
Todo está subordinado a la supervivencia judicial y política de Pedro Sánchez. La Ley de Nietos no era más que otra pieza de un engranaje electoralista; los derechos de los vulnerables, una coartada publicitaria; y las instituciones del Estado, un botín a asaltar. La verdad no importa, las leyes se adaptan al capricho del gran tirano y los ciudadanos somos tratados como rehenes de una estrategia de poder personal. La dignidad de una nación entera no puede seguir hipotecada por el miedo de un presidente a rendir cuentas ante los tribunales y ante la historia.
Cuando un gobierno subordina la estabilidad de su nación a la propia supervivencia de su líder, la democracia deja de ser un sistema de convivencia para transformarse en resistencia. Y frente a esa deriva, ninguna mayoría fabricada en los consulados ni ninguna ley de memoria redactada a medida podrá ocultar el deterioro constante de unas instituciones que merecen mucho más que el cálculo mezquino de quienes las ocupan.
No hace falta imaginar motivaciones ocultas: basta con mirar la aritmética. Convertir la nacionalidad en un trámite consular pensado para engordar un padrón electoral no es memoria histórica, es ingeniería electoral con ropaje sentimental.
La resolución del Supremo sobre el censo exterior no es, en el fondo, un simple tecnicismo administrativo. Es un espejo que muestra cómo se legisla hoy en España: pensando en la siguiente cita electoral, no en la solidez institucional del país.
Las democracias se sostienen sobre un pacto exigente: quien vota comparte también las cargas fiscales, legales, cotidianas de la comunidad en la que vive. Cuando ese pacto se rompe para convertir la nacionalidad en un atajo hacia las urnas, el sistema deja de representar a los ciudadanos y empieza a fabricarlos a medida.
Al final, el patrón es siempre el mismo: se convierte una causa justa en instrumento, se blinda el relato frente a cualquier crítica y se posterga, una vez más, la rendición de cuentas.
Que poquito te queda Pedro, aunque reconozco que serás uno de los presidentes más recordados de la historia. Se fabricaran millones de felpudos con tu cara.