Estas llegadas ilegales no son hechos aislados. Se repiten día tras día mientras crece la inseguridad en municipios costeros. Vecinos denuncian el abandono institucional, la falta de transparencia en los traslados y el aumento de delitos en sus barrios.
El Ejecutivo, lejos de endurecer el control fronterizo, sigue facilitando estas entradas con un efecto llamada cada vez más potente. La inmigración ilegal no solo tensión los servicios públicos, también afecta la convivencia y genera alarma social en muchas islas.
Ni el Ministerio del Interior ni el de Migraciones han explicado cómo se gestionarán estas nuevas entradas ni su coste para el contribuyente. Mientras tanto, ONG subvencionadas gestionan recursos públicos sin control, acogiendo ilegales en hoteles y centros turísticos vacíos.
Los canarios se sienten ignorados por un Gobierno más preocupado por quedar bien en Bruselas que por proteger sus fronteras. El discurso buenista y la política de brazos abiertos están dejando a las islas en una situación límite e insostenible.
La llegada de cayucos no cesa y los medios afines intentan blanquear una realidad que golpea con fuerza a los ciudadanos.