Algo que siempre ha cuidado Pedro Sánchez ha sido su imagen y su estética. Sin embargo, los escándalos de corrupción que sacuden a su Gobierno y su vínculo más cercano ha provocado un severo desgaste en el físico del presidente del Gobierno.
Pedro Sánchez ya no es el mismo que llegó a La Moncloa en 2018. Su imagen actual es el reflejo de un desgaste acumulado, los años en el poder no han pasado en vano. El rostro del presidente lo dice todo.
Comparar sus primeras fotos como jefe del Ejecutivo con las más recientes es revelador. Las diferencias son notables. Hay un claro envejecimiento facial.

El rostro está más delgado, los maxilares marcados, pómulos hundidos. También hay un incremento visible de arrugas en la frente.
Ese impacto emocional no es casual. Gobernar en tiempos convulsos deja huella. Desde 2019, Sánchez ha tenido que afrontar una pandemia, una crisis energética y tensiones internas con sus socios de Gobierno.
Pero a todo eso se han sumado los escándalos de corrupción que lo rodean cada vez más de cerca.
Los escándalos le sacuden
Primero, el foco se desplazó hacia su propia familia. Su esposa, Begoña Gómez, está siendo investigada judicialmente.
También su hermano, David Sánchez, ha sido objeto de atención mediática y legal por presuntas irregularidades en su cargo público. Para cualquier líder, sería una carga pesada. Para un presidente del Gobierno, más aún.
Luego fue el caso Koldo, que salpicó directamente a dos figuras clave del sanchismo: José Luis Ábalos, exministro de Transportes, y Santos Cerdán, su actual número tres en el PSOE.








