Ambos han sido señalados por su presunta implicación en una red de comisiones ilegales durante la gestión de contratos públicos. Un golpe duro al corazón del partido.
En abril de 2024, Sánchez protagonizó un hecho inédito: se tomó cinco días de reflexión para decidir si continuaba en el cargo. El motivo: el cerco judicial y mediático sobre su entorno familiar.
Finalmente decidió seguir. Pero la imagen que dio en aquella comparecencia fue significativa.
Cabizbajo, con rostro demacrado, más delgado. Con semblante serio. Muchos vieron allí a un presidente tocado anímicamente.
Desde entonces, su deterioro físico parece haberse acentuado. Las ojeras son más profundas y el tono de piel más apagado. La tensión, más evidente.
Su lenguaje corporal ha cambiado. Ya no transmite la misma energía que cuando llegó a Moncloa.
Y la última imagen de Sánchez ha sido devastadora, también ligada al maquillaje. Su comparecencia en Ferraz para pedir perdón, y nada más, fue de las últimas imágenes de Pedro Sánchez, y donde se pudo ver el sustancial cambio físico del presidente del Gobierno.
El poder desgasta, dicen. Y en el caso de Pedro Sánchez, el desgaste es visible.
No solo en lo político. También en lo personal. Su cuerpo habla por él y su rostro es el espejo de estos años de escándalos y decisiones límite.
Gobernar en medio del ruido constante deja cicatrices. Algunas no se ven. Otras, como en el caso del presidente, están a la vista de todos.