El negocio consistía en vender plátanos en estado avanzado de maduración, bolsas de patatas fritas, latas de cerveza y algunas botellas de alcohol barato. Los barceloneses que pasaban por delante miraban el escaparate, miraban la calle, hacían cuentas en la cabeza y seguían andando sin decir nada. Porque en Barcelona llevaban años aprendiendo que hay ciertas preguntas que es mejor no formular en voz alta.
Este artículo va a formularlas.
2014: las primarias más extrañas de la historia del PSC
Para entender lo que ocurre hoy en las calles de Barcelona hay que retroceder a un día de 2014 en el barrio del Raval. Era la jornada de las primarias del PSC para elegir candidato a la alcaldía de la ciudad. El partido había decidido abrir la votación no solo a sus militantes sino a cualquier ciudadano que firmara un manifiesto de adhesión a principios progresistas genéricos. Una decisión que en teoría sonaba democrática y participativa. En la práctica, abrió una puerta que nadie había previsto.
En los colegios electorales del Raval comenzaron a aparecer colas. Largas colas de pakistaníes. Hombres que llegaban en grupo, que esperaban su turno pacientemente y que, cuando los periodistas les preguntaban en castellano o en catalán qué venían a hacer, respondían en urdu que no lo sabían muy bien. Algunos de ellos declararon abiertamente, ante las cámaras de televisión, que no sabían a quién votaban ni por qué estaban allí. Habían sido llevados. Alguien los había organizado. Alguien había pagado, o prometido, o simplemente convocado, con la eficiencia silenciosa de quien controla una comunidad desde dentro.
El resultado de aquellas primarias fue el más ajustado imaginable. Jaume Collboni ganó a su rival Carmen Andrés por apenas 400 votos —2.812 frente a 2.431— en una segunda vuelta en la que apenas votaron 5.000 personas en total. Según distintas estimaciones publicadas posteriormente, el 70% de los sufragios que obtuvo Collboni en aquellas internas fueron emitidos por ciudadanos pakistaníes. Un empresario de esa comunidad, propietario de varios de los supermercados que proliferaban ya entonces por la ciudad, había inscrito en el censo de simpatizantes del PSC a varios centenares de inmigrantes. El mecanismo era tan burdo que saltó a la prensa. Tan evidente que generó escándalo. Tan perfectamente impune que no tuvo consecuencia alguna.
Collboni fue candidato. Años después, fue alcalde. Y los supermercados pakistaníes siguieron multiplicándose.
La aritmética imposible del paki de barrio
El fenómeno de los supermercados de conveniencia pakistaníes abiertos las 24 horas no es nuevo en Barcelona. Llevan décadas formando parte del paisaje urbano de la ciudad, especialmente en los barrios del Raval, Nou Barris, Sant Pere y Gràcia. Lo que sí es relativamente nuevo es su proliferación acelerada, su penetración en las zonas más caras de la ciudad y, sobre todo, la economía manifiestamente imposible que los sustenta.
Hay individuos que han llegado a abrir un supermercado de franquicia española —Condis, Carrefour Express— al mes. Los negocios se instalan en locales con alquileres de miles de euros mensuales, en zonas donde la competencia es feroz y el poder adquisitivo del comprador medio no justifica un establecimiento abierto toda la noche vendiendo productos de baja rotación. La financiación de apertura de estos negocios no proviene de instituciones bancarias ni de créditos formales. Y es habitual la práctica de crear una empresa tras otra, vaciándola antes de que llegue la inspección de Hacienda, para volver a empezar con una razón social nueva.
La pregunta que cualquier inspector fiscal debería hacerse, y que los barceloneses llevan años haciéndose en voz baja, es siempre la misma: ¿de dónde sale el dinero? Un local con 20.000 euros de alquiler mensual, un empleado pakistaní que trabaja sin contrato, productos alimentarios comprados en almacenes de Europa a punto de caducar, márgenes de beneficio que no cuadran con los precios de venta. La aritmética sencillamente no cierra. A menos que la función real del establecimiento no sea vender plátanos.
Los Mossos llegan tarde, pero llegan
En marzo de 2024, los Mossos d'Esquadra destaparon lo que la evidencia llevaba tiempo señalando. La operación, bautizada como caso Iluro, desmanteló una red criminal pakistaní que controlaba dieciséis supermercados en el área metropolitana de Barcelona y el Maresme, la mayoría de ellos franquicias de Condis Exprés. Seis detenidos, de entre 30 y 40 años. Cuatro personas liberadas que habían sido secuestradas. Once víctimas más de explotación laboral.
La organización funcionaba con una precisión industrial. Captaba a trabajadores en Pakistán con promesas de empleo y vida digna en Europa. Los hacía viajar por la ruta de los Balcanes —Turquía, países bálticos, Italia— hasta llegar a Cataluña de manera ilegal. Una vez en España, los regularizaba fraudulentamente mediante documentación falsa y los ponía a trabajar en los supermercados en condiciones de semiesclavitud: sin salario o cobrando el mínimo, sin derechos laborales, sin condiciones de habitabilidad. Algunos de ellos dormían literalmente en los sótanos de los locales o en los pasillos de las tiendas donde trabajaban.