El caso Koldo ha pasado de ser un escándalo más a convertirse en un problema de Estado. En Moncloa ya no pueden disimular el temblor. La presión es diaria, constante, asfixiante.
Cada nuevo informe de la UCO aumenta la temperatura política y enciende las alarmas. Dentro del PSOE ya se escuchan voces que claman por una crisis de Gobierno urgente.
Pero Pedro Sánchez hace como si no oyera. En privado, ministros y altos cargos admiten el pánico: “Esto no tiene freno. Cualquier día estalla algo más grave”. El nombre de José Luis Ábalos reaparece como una sombra incómoda.
Nadie se atreve a defenderle, pero todos temen su caída. Ábalos, lejos de quedarse callado, ha comenzado a señalar. Su dedo apunta ahora hacia Grande-Marlaska, y eso inquieta a muchos.
“No voy a ser el único en pagar por esto”, dicen que repite el exministro en conversaciones reservadas. Y el mensaje cala. La investigación ha revelado una red que operaba con descaro en Transportes.

Y aún no se sabe hasta dónde llega el alcance. La Audiencia Nacional considera que Ábalos tuvo un papel clave. La sospecha ya no es solo política, sino judicial y penal.
Mientras tanto, Moncloa intenta resistir el vendaval. Pero la imagen del Gobierno se deteriora por momentos, incluso en Europa. Sánchez ha perdido la iniciativa.







