Si algo caracteriza al Presidente del Gobierno es su perfil egocentrista, narcisista,y sus incansables ansias de mantenerse en el poder sobrepasando todas las líneas rojas.
La sorpresa ha sido una carta de Pedro Sánchez dirigida a la ciudadanía, un texto de más de tres folios, donde expresaba su gran amor por Begoña Gómez. Plagada de un victimismo plañidero con una escenificación más cercana a la de una serie de ficción que a la realidad en sí misma de un dirigente de un país. Sánchez necesita unos días para reflexionar sobre su permanencia como presidente después de conocer la noticia que el juzgado de Madrid había abierto diligencias sobre su esposa, por la denuncia interpuesta por el colectivo de Funcionarios Públicos Manos Limpias por supuestos delitos de tráfico de influencias, como ocurrió con Iñaki Urdangarín, aunque en este caso fue condenador por más delitos.

Si el lunes 29 de abril Sánchez decidiera dimitir, según establece el artículo 101 de la Constitución Española el Gobierno cesante continuaría en funciones hasta la toma de posesión de un nuevo Gobierno, ocupando el cargo como establece la ley al vicepresidente, que en este caso sería María Jesús Montero.
La toma de esta decisión no parece que estuviera asesorada por su gabinete de comunicación. Las filtraciones de supuestos viajes a Kenia y Sudáfrica que la ponían en el foco de programas receptores de Africa Center, mediaciones para adjudicaciones con empresas privadas, sus reuniones con el empresario Javier Hidalgo con el posterior rescate a Air Europa, los encuentros con Víctor Aldama que actualmente está investigado por la Audiencia Nacional e innumerables supuestos más, la ponen en el epicentro del posible hundimiento del Gobierno.







