
Ya no es una batalla cultural: es una guerra civilizatoria
Durante años nos dijeron que todo era opinable, que todo era relativo, que nada era estable
Llevo tiempo diciéndolo. Y no por exageración, ni por alarmismo, ni por pose retórica. Lo digo porque es la realidad que estamos viviendo. Esto ya no es una batalla cultural —como algunos aún creen—, es una guerra civilizatoria. Una guerra en defensa del sentido común, de la verdad, de la realidad objetiva y, en última instancia, de la propia civilización occidental.
Durante años nos dijeron que todo era opinable, que todo era relativo, que nada era estable. Hoy ese relativismo se ha convertido en una imposición ideológica. Ya no basta con que alguien se sienta de una determinada manera: ahora pretende obligarnos a todos a negar la biología, el lenguaje, la razón y hasta la evidencia más elemental.
Yo no impido que nadie se sienta como quiera. Pero a mí nadie puede obligarme a ver la realidad como ellos decidan. El hombre es hombre. La mujer es mujer. El sexo es una realidad biológica, no una construcción ideológica ni un decreto administrativo. Lo demás pertenece al ámbito íntimo de cada cual, no al BOE ni a la policía del pensamiento.
Y aquí está el verdadero problema: ya no buscan tolerancia, buscan sumisión.
El nuevo totalitarismo: negar la realidad y castigar al disidente
La ideología dominante no se conforma con vivir en su burbuja. Necesita imponer su visión, reescribir el lenguaje, deformar la educación y perseguir a quien alce la voz. Quien cuestiona es señalado. Quien discrepa es criminalizado. Quien resiste es censurado.
Esto no va de derechos.
Esto no va de progreso.
Esto va de control.
Lo vimos durante la pandemia: comités de expertos invisibles, decisiones arbitrarias, censura científica y persecución del que preguntaba. Hoy lo vemos con la religión climática, convertida en dogma incuestionable, donde discrepar ya no es debatir, sino “negar la ciencia”. Los mismos métodos, el mismo guion, la misma maquinaria.
Quieren que creamos sin preguntar.
Quieren obediencia sin pensamiento.
Quieren fe ciega en un relato impuesto.
Y cuando alguien osa levantar la voz, el sistema se revuelve, porque el mayor peligro para un régimen ideológico es el ciudadano que piensa.
La historia como campo de batalla: el pasado también debe ser destruido
No les basta con controlar el presente. Quieren dominar el pasado. Por eso la historia se reescribe con los ojos del presente, se juzga sin contexto, se cancela, se mutila. El guerracivilismo permanente no es casual: es una herramienta de poder.
Porque quien controla el pasado —como advertía Orwell— controla el presente y el futuro. Y por eso asistimos a una ofensiva sistemática contra nuestra historia, nuestras raíces, nuestras tradiciones y nuestra identidad nacional. No buscan verdad histórica; buscan culpabilización permanente y ruptura social.
Frente a ese asalto, empieza a levantarse una reacción sana, necesaria y profundamente democrática: la defensa de la verdad, del contexto, de la memoria completa. No de la historia manipulada, sino de la historia real.
No es izquierda contra derecha: es sentido común contra fanatismo
Aquí está la gran mentira que se nos intenta imponer: esto no va de izquierdas o derechas. Eso ya no sirve. Esta guerra no se libra en el eje clásico. Se libra entre quienes defienden la realidad y quienes la niegan; entre quienes creen en la verdad y quienes viven del relato; entre quienes apuestan por la libertad y quienes necesitan imponer dogmas.
Por eso crece el respaldo a opciones políticas como Vox, especialmente entre los jóvenes. No por nostalgia, ni por radicalismo, sino porque ofrecen algo que hoy es revolucionario: sentido común.
Verdades básicas que antes eran evidentes y hoy parecen subversivas. Defensa de la nación frente al globalismo. Libertad frente a la ingeniería social. Realidad frente a la ficción ideológica.
Nos va la vida en ello
No estamos hablando de cuestiones menores, ni de debates académicos, ni de peleas culturales de salón. Nos va la vida en ello. Nos va la libertad de expresión. La educación de nuestros hijos. La integridad del pensamiento. La continuidad de nuestra civilización.
Por eso debemos ser firmes. Por eso debemos ser valientes. Por eso debemos defender a quienes alzan la voz cuando el poder quiere imponer silencio. Porque el silencio hoy es complicidad, y la tibieza, rendición.
No es una batalla cultural.
Es una guerra civilizatoria.
Y quien no lo haya entendido aún, llegará tarde.
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