
6 de enero: el día después del milagro
Es el despertar del día grande, el momento en el que la casa aún huele a noche en vela, a ilusión recién estrenada, a magia que se resiste a desaparecer
Hay despertares que no se olvidan jamás. El del 6 de enero es, quizá, el más universal y el más íntimo a la vez. Es el despertar del día grande, el momento en el que la casa aún huele a noche en vela, a ilusión recién estrenada, a magia que se resiste a desaparecer. Es el día después del milagro. El día en que los Reyes Magos ya han pasado por nuestros hogares y han dejado algo más que regalos: han dejado recuerdos que durarán toda la vida.
El 6 de enero comienza siempre igual y siempre distinto. Igual porque se repite el ritual: los niños saltan de la cama, recorren el pasillo casi sin tocar el suelo, buscan con la mirada aquello que anoche no estaba. Distinto porque cada año es único, irrepetible, y cada sonrisa es nueva. Es el día de los gritos de alegría, de las carreras por el salón, de los ojos abiertos como platos y de los padres —y los abuelos— observando en silencio, sabiendo que están asistiendo a algo sagrado.
Porque el Día de Reyes no es solo para los niños. También es para quienes un día lo fueron. Para los que, al ver abrir un paquete, recuerdan su propio Scalextric montado a toda prisa, las muñecas que parecían cobrar vida, los trenes eléctricos imposibles, los juegos que exigían horas de montaje y que, precisamente por eso, se convertían en una aventura compartida. El 6 de enero es memoria viva.
Luego llega el roscón de Reyes. Ese momento en el que la familia se reúne alrededor de la mesa, donde no importan las prisas ni el reloj. Se corta el roscón, se buscan la haba y la figurita, se ríe, se bromea, se comparte. Los abuelos cuentan cómo era “antes”, los padres escuchan, los niños no prestan demasiada atención porque ya están pensando en volver al suelo, a los juguetes, a ese universo recién inaugurado.
El Día de Reyes es, además, el día de la calma. Tras la noche más mágica del año, llega una jornada sin urgencias. Se juega, se monta, se desmonta, se vuelve a montar. Se intercambian regalos con los primos, se visitan casas, se alargan las sobremesas. Es una Navidad que se despide despacio, con dignidad, sin estridencias.
Porque sí: el 6 de enero marca el final oficial de la Navidad. Una Navidad que comenzó, casi sin darnos cuenta, aquel 22 de diciembre con la Lotería; que pasó por la Nochebuena y la Navidad, por la despedida del año y la bienvenida del nuevo; y que tuvo su clímax en la Noche de Reyes. A partir del día 7, la vida vuelve a su cauce. Regresa la rutina, los horarios, las obligaciones. Se guardan los adornos, se apagan las luces, se cierra un paréntesis necesario.
Pero que termine la Navidad no significa que deba desaparecer su espíritu. Al contrario. La Navidad —y muy especialmente el Día de Reyes— debería acompañarnos todo el año. Recordarnos la importancia de la familia, del tiempo compartido, de la ilusión, de la bondad, del creer.
Porque creer, incluso cuando ya tenemos edad, es un acto de resistencia frente al cinismo y la prisa.
Y es precisamente mañana, 7 de enero, cuando toca empezar de verdad. Cuando arrancan esos buenos propósitos que no supimos cumplir el 2 de enero y que siempre dejamos “para después de Reyes”. Mañana es el día de ponerse en marcha, de mirar al año de frente, de trabajar, de esforzarse, de ser un poco mejores personas. Con la mochila llena de recuerdos y el corazón aún caliente por la magia reciente.
El 6 de enero es emoción, es nostalgia, es presente y es pasado. Es el día en que entendemos que la verdadera riqueza no estaba en los regalos, sino en el momento. Y ese, precisamente ese, nadie nos lo podrá quitar jamás.
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