El 19 de diciembre de 1973 no fue un día cualquiera en la historia de España. Fue la víspera del mayor magnicidio del siglo XX español. Y fue también el día en el que, de manera tan discreta como significativa, Henry Kissinger aterrizó en Madrid para reunirse con el presidente del Gobierno, Luis Carrero Blanco. Menos de veinticuatro horas después, Carrero Blanco sería asesinado por ETA en la calle Claudio Coello, cuando salía de misa de los jesuitas. La coincidencia temporal es tan perfecta que, medio siglo después, sigue despertando interrogantes legítimos.
España vivía una etapa decisiva. Francisco Franco estaba gravemente enfermo, y el régimen afrontaba inevitablemente su final biológico. Carrero Blanco, hombre de máxima confianza del Caudillo, representaba la continuidad institucional del sistema. No era un político de transición, sino un político de permanencia. Y eso, en el tablero geopolítico internacional, convertía a Carrero en un actor incómodo.
Kissinger llega a Madrid: una visita que no fue rutinaria
Henry Kissinger no era un diplomático secundario. Era el secretario de Estado de Estados Unidos, arquitecto de la política exterior norteamericana, hombre clave en Vietnam, en Chile, en Oriente Medio y en el pulso global de la Guerra Fría. Sus viajes nunca eran inocentes. Cuando Kissinger se movía, lo hacía por intereses estratégicos de primer orden.
Su llegada a Madrid fue sorprendente, rápida, rodeada de discreción y con una reunión central: Carrero Blanco. El mensaje era evidente: Estados Unidos quería saber cómo respiraba el régimen en su recta final, cuál era el papel que jugaría España tras la muerte de Franco y hasta qué punto Carrero estaba dispuesto a colaborar con los planes atlánticos.
Según distintas reconstrucciones históricas, aquella reunión fue fría, tensa y poco productiva. Carrero no era un hombre fácilmente influenciable. Era profundamente desconfiado con la injerencia extranjera y defensor a ultranza de la soberanía nacional.
Carrero Blanco: el gran obstáculo
Luis Carrero Blanco no encajaba en el modelo de país que algunos centros de poder internacionales deseaban para España. Había tres grandes líneas rojas que lo convertían en un problema estratégico:
1. El Proyecto Islero: España avanzaba en tecnología nuclear con fines soberanos. Convertirse en una potencia nuclear, aunque fuera limitada, hubiera cambiado radicalmente el peso geopolítico de España en el Mediterráneo. Carrero apoyaba ese desarrollo. Y eso, en plena Guerra Fría, no era bien visto por todos.
2. El Sáhara Español: Carrero no era partidario de entregar el Sáhara. Lo consideraba territorio español, no moneda de cambio geopolítica. Su visión chocaba frontalmente con los intereses que más tarde cristalizarían en los Acuerdos de Madrid y la Marcha Verde.
3. Las bases norteamericanas: Carrero defendía una reducción de la presencia militar estadounidense en Torrejón, Morón y Rota. No quería una España subordinada, sino asociada en condiciones de mayor equilibrio. Esto afectaba a intereses militares directos de Washington.
En resumen, Carrero Blanco era un hombre incómodo para los proyectos internacionales de reordenación de España en la nueva etapa postfranquista.
El 20 de diciembre: ETA ejecuta el atentado
A las 9:36 de la mañana del 20 de diciembre de 1973, ETA hizo estallar una potente carga explosiva al paso del vehículo oficial de Carrero Blanco. El coche voló por los aires hasta el interior de un patio. El presidente del Gobierno murió en el acto. España quedó en estado de shock.
Oficialmente, el atentado fue obra de ETA. Así consta judicialmente. Así lo recoge la historia oficial. Y nadie discute la autoría material del crimen. La cuestión que permanece abierta, más de medio siglo después, es otra: ¿hubo algo más detrás? ¿Hubo intereses que se beneficiaron decisivamente de aquel asesinato?
Plantear esta pregunta no es una acusación, es un ejercicio propio del análisis político y estratégico.







