
La vida como exilio y juego
Por José Rivela, el cronista apartado.
(Biógrafo de Fernando Arrabal)
Nació en un país que no sabía dónde esconder sus sombras.
España, en 1932, era un animal inquieto que ya olía la guerra antes de que la guerra llegara. Un país que discutía como si discutiera contra sí mismo en un espejo roto. En ese clima de presagios, de periódicos que se encendían solos en los cafés, de aldeas que amanecían con rumores de fuego y de plazas de toros donde los políticos gritaban más que los toros, nació Fernando Arrabal: un niño destinado a escuchar lo que España no quería oír.
Su llegada al mundo tuvo algo de escena silenciosa, como si el propio destino se pusiera de puntillas. En las casas modestas de entonces, cuando nacía un hijo, las mujeres bajaban la voz y el ruido del agua adquiere la solemnidad de un bautizo doméstico. Pero lo que nadie podía prever era que ese recién nacido —tan pequeño, tan frágil, tan envuelto en una luz casi tímida— habría de convertirse en una de las voces más estruendosas y luminosas de la cultura del siglo XX.
Su primer contacto con el mundo no fue el abrazo de la euforia, sino el susurro.
Un susurro que sería, años después, la clave de su teatro y de su poesía: Arrabal, incluso de niño, parecía escuchar lo que los demás no oían. La respiración de las cosas. El lamento de las paredes. El silencio que deja una ausencia. Ese silencio que en su vida adquirió forma de padre desaparecido, de patria esquiva, de heridas sin explicar.
Durante los primeros años, antes de que la historia le arrancara de golpe la inocencia, el pequeño Fernando vivió en la frontera entre dos mundos: el mundo visible —la vida cotidiana, las calles, los rezos, las manos de la madre— y el mundo invisible —el de los miedos, los secretos, el destino del padre, los silencios que pesan más que las palabras. La infancia de Arrabal estuvo marcada por un misterio que ningún adulto supo resolverle. La guerra, que todavía no había estallado, ya hacía temblar las ventanas de los hombres.
Su padre, el capitán Fernando Arrabal Ruiz, todavía era una presencia, no un espectro. La figura del militar joven, recto, disciplinado, avanzaba por los pasillos de la casa con esa severidad amable que tienen los hombres formados en el deber. Nadie podía imaginar que ese mismo hombre iría camino de convertirse en la ausencia más determinante de la vida de su hijo. Y sin embargo, incluso entonces, el pequeño Fernando miraba a su padre como quien mira una nube que sabe que un día no estará ahí. (Continurá).
Más noticias: