
Aragón tras las urnas: la soberbia castigada, el bipartidismo herido y Vox consolidado
Las elecciones autonómicas celebradas ayer en Aragón dejan una fotografía política nítida para quien quiera mirarla sin filtros ni relatos prefabricados
El gran titular no es quién quedó primero, sino quién pierde poder real y quién emerge como alternativa estructural en una tierra castigada durante décadas por el bipartidismo. Y el balance es claro: Partido Popular y Partido Socialista Obrero Español salen tocados; VOX sale reforzado.
El PP fue el partido más votado, sí. Pero conviene recordar el contexto: anticipó elecciones para librarse de Vox y terminó pagando la soberbia. De 28 escaños baja a 26. Es decir, convoca para huir y acaba retrocediendo. No hay victoria política cuando se pierde fuerza parlamentaria y se depende más que antes del socio al que se quiso expulsar del tablero.
El PSOE, por su parte, firma una noche negra histórica. De 23 escaños desciende a 18, el peor resultado de su historia en Aragón. Y, aun así, la lectura incómoda permanece: solo pierde cinco escaños. Un partido salpicado por décadas de corrupción, por el descrédito del sanchismo y por una agenda que ha golpeado al campo, a la industria y a la libertad, no se hunde. ¿Por qué? Por la pervivencia de redes clientelares, por la colonización institucional y por una maquinaria que, aunque oxidada, sigue funcionando.
Vox, el verdadero vencedor de la noche
La noche tiene un ganador indiscutible. Vox pasa de 7 a 14 escaños. Dobla resultado. No por casualidad ni por accidente: por coherencia, por constancia y porque conecta con un malestar social transversal. Vox ha llegado para quedarse en Aragón, como ya ocurrió en Extremadura y como todo apunta que ocurrirá en Castilla y León y Andalucía.
Hay un dato que el sistema intenta ocultar: el voto a Vox no procede únicamente del antiguo votante del PP. Cada vez más jóvenes y más antiguos votantes de la izquierda están dando el paso. Gente harta de la mentira climática, del abandono del mundo rural, de la inseguridad, de la inmigración ilegal descontrolada y de la sumisión a Bruselas. Esto explica el nerviosismo creciente y el intento de controlar las redes sociales, último espacio de libertad frente al relato oficial.
Un escenario aún más duro que Extremadura
Paradójicamente, el escenario que se abre en Aragón es incluso más exigente para Vox que el extremeño. Porque aquí el PP puede optar por dos caminos: asumir la realidad y colaborar lealmente con quien representa a cientos de miles de aragoneses, o repetir la vieja tentación de la pinza PP–PSOE para repartirse poder, cargos e instituciones. El ejemplo de Portugal no es una advertencia menor: cuando las derechas renuncian a sus principios, el sistema siempre encuentra cómo recomponer el turno.
El PP está ante una encrucijada peligrosa. O entiende que el tiempo del absolutismo político terminó y que no hay mayorías artificiales, o se entregará al abrazo del PSOE bajo la coartada de la “moderación”, traicionando a su electorado y reforzando, por reacción, a Vox.
El bipartidismo resiste, pero ya no manda solo
Aragón demuestra que romper el bipartidismo corrupto es difícil, porque PP y PSOE han tejido durante años una red densa de intereses, subvenciones y dependencias. Pero también demuestra algo aún más importante: ya no mandan solos. La alternancia automática se ha roto. La aritmética ha cambiado. La calle ha hablado.
Vox no es un fenómeno pasajero ni un voto de protesta. Es un voto de construcción, un voto que exige políticas distintas y que castiga la soberbia, la mentira y el desprecio al ciudadano. Ayer, Aragón dejó un mensaje inequívoco: quien intenta excluir a Vox, pierde; quien lo desprecia, retrocede.
La noche electoral no cierra un ciclo. Abre uno nuevo. Y a partir de ahora, cada decisión contará. Porque el votante ya ha aprendido algo esencial: su voto mueve placas tectónicas. Y no piensa renunciar a ello.
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