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Fotografía histórica en blanco y negro de una sala elegante donde varios hombres con traje se reúnen alrededor de una mesa mientras uno de ellos firma documentos oficiales
OPINIÓN

Versalles: cuando las élites firmaron la venganza y los pueblos pagaron la guerra

La opinión de Javier García Isac de hoy, miércoles 21 de enero de 2026

El 10 de enero de 1920 entró oficialmente en vigor el Tratado de Versalles. Se nos ha vendido durante décadas como el acuerdo que trajo la paz tras la Primera Guerra Mundial. Pero Versalles no fue un tratado de paz: fue un acta de humillación, un castigo premeditado, una sentencia diferida que condenó a Europa —y muy especialmente a Alemania— a revivir la guerra en condiciones aún más devastadoras. Aquel día no se cerró una herida: se sembró un odio. Y cuando el odio se siembra desde los despachos de las élites, lo cosechan los pueblos con sangre.

La gran mentira de la “paz”

Versalles nació del resentimiento, no de la reconciliación. Las potencias vencedoras, lideradas por Francia y el Reino Unido, con el aval moralista del presidente estadounidense Woodrow Wilson, decidieron imponer a Alemania unas condiciones que ningún país habría podido asumir sin romperse. Reparaciones económicas imposibles, amputaciones territoriales, limitaciones militares humillantes y, por encima de todo, la famosa cláusula de culpabilidad, que hacía a Alemania responsable exclusiva del conflicto.

No fue justicia; fue venganza geopolítica. No fue paz; fue una tregua armada contra el sentido común.

Humillar a una nación nunca trae estabilidad

Alemania quedó arruinada económica y moralmente. La inflación devoró los ahorros de millones de familias; la clase media fue pulverizada; el orgullo nacional, pisoteado. El resultado no fue la sumisión dócil que esperaban las cancillerías europeas, sino una radicalización política inevitable. Cuando se destruye el centro, florecen los extremos.

Versalles no contuvo el nacionalismo alemán: lo exacerbó. No neutralizó el militarismo: lo alimentó en la clandestinidad. No evitó otra guerra: la hizo matemáticamente inevitable. Fue el laboratorio perfecto donde germinaron el resentimiento, la revancha y la desesperación que acabarían llevando a Europa al abismo de 1939.

El error fundacional del siglo XX

Los arquitectos de Versalles se creyeron ingenieros sociales. Pensaron que podían rediseñar Europa con mapas, cláusulas y multas, ignorando la historia, la psicología de los pueblos y la naturaleza humana. Creyeron que bastaba con castigar al derrotado para garantizar la estabilidad del vencedor. Error monumental.

La historia demuestra una y otra vez que cuando las élites juegan a dioses, los pueblos acaban pagando como víctimas. Versalles es el ejemplo paradigmático: un tratado redactado sin grandeza, sin visión y sin sentido de responsabilidad histórica. Y, como siempre ocurre, los firmantes no sufrieron las consecuencias; las sufrieron los soldados, las madres, los niños y las ciudades arrasadas dos décadas después.

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De Versalles a la Segunda Guerra Mundial: un hilo directo

No hay Segunda Guerra Mundial sin Versalles. No hay Hitler sin Versalles. No hay colapso de la República de Weimar sin Versalles. Pretender lo contrario es propaganda o ignorancia. El tratado fue la semilla directa del conflicto posterior, regada por la arrogancia de unas élites que confundieron victoria con justicia.

Y aquí conviene señalar algo esencial: las élites que provocan las guerras rara vez pagan por ellas. Ni los burócratas, ni los diplomáticos, ni los arquitectos del castigo fueron a las trincheras de Stalingrado ni a las playas de Normandía. Fueron los pueblos europeos los que pusieron los muertos.

Una lección que se repite

Versalles no es solo un episodio del pasado. Es una advertencia permanente. Cada vez que unas élites desconectadas del pueblo deciden humillar, arruinar o desposeer a una nación, están sembrando el próximo conflicto. Da igual el lenguaje: ayer fue “seguridad colectiva”, hoy es “orden internacional”, “gobernanza global” o “valores europeos”. El mecanismo es el mismo.

Las élites generan las guerras desde los salones alfombrados; los pueblos las sufren en los campos de batalla y en la miseria posterior. Versalles nos enseña que la paz no se firma desde la soberbia, sino desde la reconciliación. Y que cuando se opta por el castigo, la historia siempre pasa factura con intereses.

La paz no nace del desprecio

El aniversario de la entrada en vigor del Tratado de Versalles no debería celebrarse como el triunfo de la diplomacia, sino recordarse como uno de los mayores fracasos morales y políticos del siglo XX. Un tratado concebido por élites irresponsables que confundieron castigo con justicia y sembraron una catástrofe aún mayor.

Versalles demuestra una verdad incómoda pero constante:

Las guerras las diseñan las élites, pero las pagan los pueblos.

Y mientras esa lección no se aprenda, la historia seguirá repitiéndose, con distintos nombres, distintos mapas… y los mismos muertos.

➡️ Opinión

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