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Grupo de líderes y oficiales militares con uniformes formales posando al aire libre en una fotografía histórica en blanco y negro
OPINIÓN

Casablanca 1943: cuando se repartió el mundo y se sembró un orden que hoy se descompone

La opinión de Javier García Isac de hoy, miércoles 21 de enero de 2026

En enero de 1943, en plena Segunda Guerra Mundial, Winston Churchill y Franklin D. Roosevelt se reunieron en la Conferencia de Casablanca. Aquel encuentro, presentado como decisivo para derrotar a Alemania, marcó algo más profundo: el nacimiento del orden mundial de posguerra. Un orden diseñado por vencedores, sin los pueblos, y que, con el tiempo, volvería a repetir los errores de Versalles: decidir desde arriba y cargar las consecuencias abajo.

La “liberación” que trajo otro yugo

Casablanca sentó las bases de la rendición incondicional del Eje. Una consigna moralmente rotunda, pero políticamente miope. Porque mientras se hablaba de libertad, se aceptaba de facto la expansión de la esfera soviética. Polonia es el ejemplo más sangrante: “liberada” del nazismo, quedó atrapada bajo el yugo comunista durante casi 50 años. Cambio de amo, mismo sometimiento.

No fue una anomalía: fue el diseño. El reparto tácito de zonas de influencia condujo a que media Europa pasara del totalitarismo nazi al totalitarismo comunista. Se proclamó el fin de una tiranía para legitimar otra. Y, como siempre, los pueblos no votaron ni eligieron ese destino.

De Casablanca al mundo dividido

Casablanca encadenó decisiones que luego cristalizarían en Yalta y Potsdam. El resultado fue un mundo bipolar, rígido, armado hasta los dientes, donde la paz descansaba en el miedo. No hubo Tercera Guerra Mundial, cierto; pero hubo guerra fría, conflictos por delegación, dictaduras sostenidas, fronteras artificiales y naciones secuestradas durante décadas.

¿Se aprendió algo de Versalles? No. Se repitió el mismo pecado original: ingeniería geopolítica sin responsabilidad moral. Ayer se humilló a una nación; después se entregó a otras. En ambos casos, las élites decidieron y los pueblos pagaron.

El fracaso que estalla en 1991

El telón cayó en 1991, con la desaparición de la URSS y la caída del Muro de Berlín. Aquello certificó el fracaso del orden nacido en 1945. Cincuenta años de división, censura, hambre y represión no eran “daños colaterales”, sino la consecuencia lógica de un sistema que sacrificó la libertad real en el altar de la estabilidad.

La promesa de un “nuevo comienzo” tampoco se cumplió del todo. Se expandieron mercados y organismos, pero no se resolvió el vicio de origen: decisiones lejos del pueblo, burocracias opacas, y una gobernanza que confundió paz con equilibrio entre élites.

Hoy, la descomposición

El orden de Casablanca se descompone ante nuestros ojos. Las costuras saltan porque nació sin legitimidad popular y se sostuvo por inercia y miedo. Cuando el miedo desapareció, no quedó un proyecto común. Quedó el vacío.

Casablanca fue importante, sí. Pero también fue una advertencia ignorada: no se puede construir una paz duradera repartiendo el mundo ni sustituyendo una opresión por otra. Versalles humilló; Casablanca administró. Ambos compartieron el mismo pecado: creer que los pueblos son una variable secundaria.

La historia del siglo XX enseña algo simple y brutal: cuando las élites diseñan el mundo sin los pueblos, el resultado nunca es idílico. Casablanca derrotó a un enemigo visible, pero sembró un orden inestable que estalló en 1991 y hoy muestra su agotamiento.

No hubo Tercera Guerra Mundial.

Pero hubo medio siglo de cautiverio para millones.

Y eso también es un fracaso que conviene no blanquear.

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