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Manuel Fraga
OPINIÓN

Manuel Fraga: de ministro de Estado a cacique territorial. La derecha con complejos y la Transición traicionada

La opinión de Javier García Isac de hoy, martes 20 de enero de 2026

El 15 de enero se recordaba el nacimiento de Manuel Fraga, una de las figuras más influyentes —y también más contradictorias— de la derecha española del siglo XX. Su trayectoria resume como pocas la gran renuncia ideológica de la derecha tras la muerte de Franco, el paso de un proyecto de Estado a una política de acomodo, y la aceptación de un modelo que no reformó España: la fragmentó.

Del Estado a la cesión permanente

Fraga fue un ministro brillante del franquismo, con una concepción clara del Estado, la autoridad y la proyección internacional. Ocupó carteras de peso y fue embajador en una época en la que España defendía sus intereses sin pedir perdón por existir. Había Estado, había proyecto y había una idea de España.

Con la llegada de la Transición, esa derecha —encabezada por figuras como Fraga— optó por adaptarse sin dar la batalla cultural ni ideológica. En lugar de liderar una reforma en continuidad, aceptó una ruptura encubierta, compró el relato del adversario y asumió los complejos como hoja de ruta. El resultado fue una Constitución aceptada sin reservas por quienes debieron condicionar su desarrollo.

La Transición que no fue lo que prometieron

Se nos dijo que la Transición traería concordia, estabilidad y modernización. Pero fue una Transición traicionada: se renunció a explicar el pasado, se aceptó el marco moral de la izquierda y se abrió la puerta a un Estado autonómico que, lejos de cohesionar, sembró las bases del reino de taifas.

Fraga aceptó ese modelo y, con los años, lo administró. El problema no fue solo aceptar la Constitución; fue asumir sin combate su desarrollo más disgregador. La derecha dejó de hablar de nación y empezó a gestionar autonomías. Cambió el lenguaje, cambió las prioridades y perdió el pulso cultural.

De referente nacional a barón regional

El giro más evidente llegó cuando Fraga pasó de ser hombre de Estado a barón territorial. Galicia se convirtió en su feudo; el caciquismo sustituyó a la ambición nacional. El Senado —institución irrelevante— fue el broche a una carrera que terminó muy por debajo de su capacidad.

Esa deriva simboliza un fracaso colectivo: cómo la derecha prefirió el poder local a la defensa del proyecto nacional. Aceptó el discurso identitario regional, toleró la imposición de lenguas y normalizó un modelo que arrinconó el español en su propia casa. Lo que se vendió como pluralidad fue una cesión constante que hoy pagamos en forma de desigualdad, ruptura y chantaje permanente de los nacionalismos.

Involución, no evolución

Nos dijeron que era evolución; fue involución. Se abandonó el Estado para administrar migajas. Se sustituyó la idea de España por la gestión autonómica. Se pasó de construir a ceder. Fraga no fue el único, pero sí el espejo de una derecha que renunció a ser derecha.

El resultado está a la vista: un país fragmentado, sin proyecto común, con el español relegado, con identidades enfrentadas y con una izquierda que reinterpreta la historia sin oposición real porque la derecha dejó de dar la batalla.

La figura de Manuel Fraga obliga a una reflexión incómoda pero necesaria. Del talento al acomodo, del Estado al feudo, de la reforma a la cesión. Su trayectoria finaliza como advertencia: cuando la derecha asume los complejos del adversario, no modera el sistema; lo degrada.

España no necesitaba caciques territoriales. Necesitaba estadistas. Y esa oportunidad —en buena medida— se perdió cuando se aceptó que adaptarse era mejor que defender.

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