El 15 de enero se recordaba el nacimiento de Manuel Fraga, una de las figuras más influyentes —y también más contradictorias— de la derecha española del siglo XX. Su trayectoria resume como pocas la gran renuncia ideológica de la derecha tras la muerte de Franco, el paso de un proyecto de Estado a una política de acomodo, y la aceptación de un modelo que no reformó España: la fragmentó.
Del Estado a la cesión permanente
Fraga fue un ministro brillante del franquismo, con una concepción clara del Estado, la autoridad y la proyección internacional. Ocupó carteras de peso y fue embajador en una época en la que España defendía sus intereses sin pedir perdón por existir. Había Estado, había proyecto y había una idea de España.
Con la llegada de la Transición, esa derecha —encabezada por figuras como Fraga— optó por adaptarse sin dar la batalla cultural ni ideológica. En lugar de liderar una reforma en continuidad, aceptó una ruptura encubierta, compró el relato del adversario y asumió los complejos como hoja de ruta. El resultado fue una Constitución aceptada sin reservas por quienes debieron condicionar su desarrollo.
La Transición que no fue lo que prometieron
Se nos dijo que la Transición traería concordia, estabilidad y modernización. Pero fue una Transición traicionada: se renunció a explicar el pasado, se aceptó el marco moral de la izquierda y se abrió la puerta a un Estado autonómico que, lejos de cohesionar, sembró las bases del reino de taifas.
Fraga aceptó ese modelo y, con los años, lo administró. El problema no fue solo aceptar la Constitución; fue asumir sin combate su desarrollo más disgregador. La derecha dejó de hablar de nación y empezó a gestionar autonomías. Cambió el lenguaje, cambió las prioridades y perdió el pulso cultural.







