En una democracia sana, los medios de comunicación críticos con el poder deberían ser valorados, respetados e incluso protegidos. Pero en la España del sanchismo, ocurre todo lo contrario. Desde la televisión pública, esa que pagamos todos pero de la que solo disfrutan ellos —los activistas de la izquierda disfrazados de periodistas—, se lanza una campaña de odio sin precedentes contra quienes se atreven a hacer su trabajo: informar con libertad y fiscalizar al poder. La última frontera del periodismo real está siendo asediada desde dentro del propio sistema.
Figuras como Jesús Cintora, Esther Palomera o Javier Ruiz no actúan como profesionales de la información, sino como comisarios políticos del régimen. Desde los platós de RTVE, auténticos púlpitos de propaganda sanchista, se dedican no solo a insultar y desacreditar a medios libres como OK Diario, Periodista Digital o el grupo EDATV e Informa Radio, sino que directamente instan a la violencia simbólica y a la censura. Se pide, sin pudor alguno, que se nos retire la acreditación para acceder a instituciones públicas como el Senado, el Congreso o los parlamentos autonómicos. ¿La razón? Hacer preguntas que incomodan, cuestionar al poder, sacar a la luz lo que otros callan.
El problema para el régimen no es que existan pseudomedios. El problema es que existen periodistas que no se pliegan a sus intereses, que investigan y denuncian la corrupción que salpica hasta el último rincón del entorno de Pedro Sánchez. La prensa oficialista guarda silencio ante los escándalos de Begoña Gómez, calla sobre las tramas de Koldo y Ábalos, y mira hacia otro lado ante las adjudicaciones millonarias, los contratos opacos y la red clientelar tejida desde La Moncloa. Mientras tanto, los medios críticos sacan a la luz lo que los palmeros del sistema tratan de tapar.
No nos engañemos. Lo que se esconde detrás de los ataques de Cintora, Palomera o Ruiz no es solo una cuestión de ideología: es la necesidad de que no haya testigos incómodos. Quieren un país en el que solo se escuche una voz, una narrativa, una versión de los hechos: la suya. Quieren criminalizar a la prensa libre, porque saben que sin prensa libre no hay resistencia, no hay verdad y no hay posibilidad de despertar conciencias.






