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Curro Romero y Rafael de Paula
OPINIÓN

Rafael de Paula: el último suspiro del toreo gitano

La opinión de Javier García Isac de hoy, lunes 3 de noviembre de 2025

Me entero con profundo pesar de la muerte de Rafael de Paula. Se nos ha ido uno de los últimos grandes toreros de arte, un gitano de los de verdad, de los que toreaban con el alma, con el duende y con la pena en el rostro. Se apaga una leyenda, una figura que pertenecía a una España que ya casi no existe, la España del compás, del respeto, del valor y de la emoción contenida.

Tuve la suerte de verle torear en varias ocasiones en Las Ventas. No importaba el cartel, ni siquiera el toro. Bastaba con saber que salía Rafael de Paula para que el tendido se llenara de expectación. Cuando Paula toreaba, el tiempo se detenía. Había algo de oración y algo de tragedia, como si cada pase fuera una confesión íntima entre el torero y la muerte. No toreaba para el público: toreaba para los suyos, para sus amigos, para quienes entendían ese lenguaje invisible del arte gitano.

Su trayectoria fue irregular, sí, llena de altibajos, de silencios y de huidas. Pero el genio no se mide en números ni en estadísticas. Paula pertenecía a la estirpe de los artistas eternos, de los que no necesitan triunfar todas las tardes porque una sola faena suya justifica toda una vida. Toreaba como hablaba, como caminaba, como respiraba. No era un torero de oficio: era un torero de alma.

Rafael de Paula no se podía imitar. Su forma de “coger el toro”, su manera de templar, de hacer sonar el capote como una guitarra, nos estremecía. A veces parecía que el toro se rendía ante él, no por miedo, sino por respeto. Porque Paula no imponía, seducía. No embestía, enamoraba.

Fue un torero de inspiración, de duende, de misterio. Su toreo tenía mucho de cante jondo, de ese dolor contenido que solo los gitanos saben convertir en belleza. Muchos lo compararon con Curro Romero, y no sin razón. Ambos compartían la esencia de lo inexplicable: esa capacidad de pasar de la sombra al milagro en un solo muletazo.

Paula fue también símbolo de una época en que el toreo aún conservaba pureza. En la que los toreros eran artistas, no atletas. En la que la estética estaba por encima del negocio. Rafael fue el último romántico, el último bohemio del toreo, el último que toreaba sin mirar el reloj ni la estadística, consciente de que cada pase era una obra irrepetible.

Hoy su muerte deja un vacío enorme en el alma del toreo. Se nos va un pedazo de historia, un espejo donde se miraron y se mirarán muchos que aún creen que el toreo es arte, no espectáculo. Los que tuvimos la fortuna de verle en Las Ventas o en cualquier otra plaza sabemos que no hemos visto solo un torero, sino a un poeta con la muleta, a un hombre que hacía del ruedo un escenario sagrado.

Rafael de Paula fue gitano, fue artista, fue torero y fue España. Esa España que no entiende de modas ni de correcciones políticas, esa España profunda que se emociona ante la verdad desnuda del arte.

Descanse en paz, maestro. Su figura quedará para siempre en la memoria de quienes amamos el toreo y respetamos a quienes lo engrandecen con su autenticidad. Se ha ido Rafael de Paula, pero su eco, su aroma y su manera de torear seguirán vivos cada vez que alguien, en una tarde de silencio, vuelva a citar despacio, muy despacio, con el corazón en la mano.

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