El 2 de noviembre de 1975 comenzó uno de los episodios más vergonzosos de la historia reciente de España: la Marcha Verde. Aquel día, mientras Francisco Franco agonizaba en su cama del hospital, decenas de miles de marroquíes —azuzados y organizados por el régimen de Hasán II— cruzaban la frontera del Sáhara español con la connivencia de un Gobierno débil, temeroso y traidor. España, potencia administradora de aquel territorio, abandonó a su suerte a sus compatriotas saharauis y entregó, sin disparar un solo tiro, una provincia española al chantaje extranjero.
La historia es tan clara como dolorosa. La última orden del Jefe del Estado, Francisco Franco, fue defender el Sáhara, mantener la soberanía y proteger a los habitantes del territorio. El Caudillo, incluso en su lecho de muerte, tenía claro su deber: no abandonar suelo español. Pero la primera orden del nuevo jefe del Estado, Juan Carlos de Borbón, fue exactamente la contraria: retirarse. Abandonar. Ceder. Esa fue su tarjeta de presentación, su primera gran decisión, y también su primer error histórico.
Franco no solo defendía un principio político o territorial: defendía la palabra de España, su honor y su compromiso con aquellos que durante décadas habían sido tan españoles como cualquier ciudadano de la península. En cambio, el joven rey, ansioso por ser aceptado por las potencias occidentales y por exhibir su “modernidad”, eligió la vía de la claudicación. Lo hizo ante un Marruecos que olió la debilidad y la aprovechó con precisión quirúrgica.
Hasán II lanzó la Marcha Verde con un doble propósito: desviar la atención de sus problemas internos y poner a prueba al nuevo monarca español. Y España falló la prueba. La reacción del Estado fue una mezcla de miedo y cálculo: se ordenó no abrir fuego, se ordenó evacuar. Miles de civiles españoles y saharauis leales a Madrid fueron abandonados, muchos de ellos perseguidos y asesinados después por las tropas marroquíes. La bandera de España fue arriada y, en su lugar, ondeó la del invasor.
Aquel acto de cobardía marcó el inicio de nuestra decadencia exterior. España pasó de ser una nación respetada —que había mantenido su neutralidad en las guerras mundiales y su independencia frente a los bloques— a convertirse en un país dócil, sometido y sin voz propia. La Marcha Verde no fue un hecho aislado: fue la primera manifestación del nuevo régimen de cesiones, debilidades y silencios que nos ha traído hasta aquí.
La decisión de Juan Carlos I fue una declaración de intenciones. En el Sáhara se abandonó mucho más que un territorio: se abandonó la dignidad nacional. A partir de entonces, España se convirtió en un país que pide permiso, que consulta antes de actuar, que se somete al dictado de potencias extranjeras. Y el precio lo seguimos pagando: cada vez que Marruecos chantajea con la inmigración, con Ceuta, con Melilla o con Canarias, lo hace porque aprendió que España cede.







