
2 de noviembre de 1975: la Marcha Verde y la traición al Sáhara
La opinión de Javier García Isac de hoy, domingo 2 de noviembre de 2025
El 2 de noviembre de 1975 comenzó uno de los episodios más vergonzosos de la historia reciente de España: la Marcha Verde. Aquel día, mientras Francisco Franco agonizaba en su cama del hospital, decenas de miles de marroquíes —azuzados y organizados por el régimen de Hasán II— cruzaban la frontera del Sáhara español con la connivencia de un Gobierno débil, temeroso y traidor. España, potencia administradora de aquel territorio, abandonó a su suerte a sus compatriotas saharauis y entregó, sin disparar un solo tiro, una provincia española al chantaje extranjero.
La historia es tan clara como dolorosa. La última orden del Jefe del Estado, Francisco Franco, fue defender el Sáhara, mantener la soberanía y proteger a los habitantes del territorio. El Caudillo, incluso en su lecho de muerte, tenía claro su deber: no abandonar suelo español. Pero la primera orden del nuevo jefe del Estado, Juan Carlos de Borbón, fue exactamente la contraria: retirarse. Abandonar. Ceder. Esa fue su tarjeta de presentación, su primera gran decisión, y también su primer error histórico.
Franco no solo defendía un principio político o territorial: defendía la palabra de España, su honor y su compromiso con aquellos que durante décadas habían sido tan españoles como cualquier ciudadano de la península. En cambio, el joven rey, ansioso por ser aceptado por las potencias occidentales y por exhibir su “modernidad”, eligió la vía de la claudicación. Lo hizo ante un Marruecos que olió la debilidad y la aprovechó con precisión quirúrgica.
Hasán II lanzó la Marcha Verde con un doble propósito: desviar la atención de sus problemas internos y poner a prueba al nuevo monarca español. Y España falló la prueba. La reacción del Estado fue una mezcla de miedo y cálculo: se ordenó no abrir fuego, se ordenó evacuar. Miles de civiles españoles y saharauis leales a Madrid fueron abandonados, muchos de ellos perseguidos y asesinados después por las tropas marroquíes. La bandera de España fue arriada y, en su lugar, ondeó la del invasor.
Aquel acto de cobardía marcó el inicio de nuestra decadencia exterior. España pasó de ser una nación respetada —que había mantenido su neutralidad en las guerras mundiales y su independencia frente a los bloques— a convertirse en un país dócil, sometido y sin voz propia. La Marcha Verde no fue un hecho aislado: fue la primera manifestación del nuevo régimen de cesiones, debilidades y silencios que nos ha traído hasta aquí.
La decisión de Juan Carlos I fue una declaración de intenciones. En el Sáhara se abandonó mucho más que un territorio: se abandonó la dignidad nacional. A partir de entonces, España se convirtió en un país que pide permiso, que consulta antes de actuar, que se somete al dictado de potencias extranjeras. Y el precio lo seguimos pagando: cada vez que Marruecos chantajea con la inmigración, con Ceuta, con Melilla o con Canarias, lo hace porque aprendió que España cede.
La cobardía del 2 de noviembre de 1975 tuvo consecuencias directas. Miles de saharauis fueron expulsados de sus hogares y acabaron en campos de refugiados en Tinduf. Muchos de ellos aún conservan, como reliquia, su antiguo documento nacional de identidad español. España no solo les abandonó: les traicionó. Les prometimos ciudadanía y les dimos olvido. Les ofrecimos protección y les dejamos a merced de un invasor.
Lo más grave es que aquella traición se hizo en nombre del “consenso” y de la “transición pacífica”. Se sacrificó un pedazo de la patria para contentar a las potencias extranjeras y para garantizar la aceptación del nuevo monarca. La monarquía nacía, así, manchada por la cesión y el servilismo. Y lo que vino después —la entrega del Estado a los partidos, la corrupción institucional, el desmantelamiento de la soberanía— fue simplemente la prolongación de aquella primera rendición.
Porque la Marcha Verde no fue solo un golpe de Marruecos: fue un golpe a la soberanía española. Un golpe que abrió la puerta a todo lo demás. Desde entonces, España ha cedido territorios, competencias, autoridad y dignidad. Hoy, Bruselas decide lo que antes decidíamos nosotros; Rabat impone condiciones; y los separatistas dictan leyes desde el Congreso. La cadena de cesiones empezó aquel 2 de noviembre de 1975, y aún no ha terminado.
Mientras Franco mandó resistir, Juan Carlos mandó retirarse. Y esa diferencia define mejor que ninguna otra el cambio de época que se avecinaba: del patriotismo al cálculo, de la dignidad al interés, de la soberanía a la sumisión.
Medio siglo después, seguimos sufriendo las consecuencias. Marruecos sigue chantajeando a España; el Sáhara sigue siendo un conflicto enquistado; y los sucesivos gobiernos —socialistas y populares— siguen mirando hacia otro lado, incapaces de defender la integridad de la nación.
El 2 de noviembre de 1975 no fue un día cualquiera. Fue el día en que España renunció a ser dueña de sí misma. Y mientras sigamos gobernados por los herederos de aquella cobardía, nada cambiará.
Javier García Isac
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