
1 de noviembre de 1910: nace la CNT, el embrión del caos y la violencia
La opinión de Javier García Isac de hoy, sábaso 1 de noviembre de 2025
El 1 de noviembre de 1910, en el salón de Bellas Artes de Barcelona, se fundaba la Confederación Nacional del Trabajo (CNT). Lo que sus promotores presentaban como una organización sindical obrera nacía, en realidad, como una maquinaria de agitación, violencia y odio que marcaría el siglo XX español con sangre, fuego y destrucción.
Desde sus orígenes, la CNT fue una organización antisistema, anarquista y revolucionaria. Su objetivo no era mejorar las condiciones de los trabajadores, sino destruir el Estado, la propiedad y la religión. Su historia no puede separarse del pistolerismo, del terror en las calles de Barcelona, del asesinato como herramienta política y de su contribución decisiva al colapso de la Segunda República y a la tragedia de la Guerra Civil.
En los años 10 y 20 del pasado siglo, la CNT sembró el terror en Cataluña. Se autodenominaban “obreros conscientes”, pero sus métodos eran los del crimen. Sindicatos armados, huelgas violentas, extorsiones, sabotajes, tiroteos y asesinatos fueron su firma. La patronal respondió con pistoleros propios, y Barcelona se convirtió en un campo de batalla. Pero lo que no se suele decir es que el pistolerismo lo inició la CNT, con sus “grupos de acción”, sus bombas en cafés y sus atentados indiscriminados.
Durante la dictadura de Primo de Rivera, la organización fue ilegalizada, pero resurgió en la República. En 1931, con el advenimiento del nuevo régimen, la CNT reapareció con más fuerza, y su radicalismo se convirtió en un cáncer para la propia República que decían defender. En apenas dos años, protagonizaron más de 600 huelgas, asaltos a iglesias, incendios de conventos y levantamientos armados. Su consigna era clara: “Ni Dios, ni amo, ni ley”.
La ironía histórica es que el PSOE, que colaboró con el gobierno de Miguel Primo de Rivera, reprimió a los anarquistas cuando les convino, para luego tenerlos de aliados a partir de las fraudulentas elecciones de febrero del 36, o en la intentona golpista del 34. El socialismo siempre ha sido así: arrogante, oportunista y traidor. Durante la República, la CNT también sufrió represión en distintas ocasiones dejando algunos muertos y varios presos. Los más graves fueron los sucesos de Casas Viejas. Pero poco después, cuando los socialistas perdieron el poder y planearon su propio golpe de Estado en octubre de 1934, la CNT se convirtió de nuevo en un aliado útil sobre todo en Asturias.
La enemistad entre la CNT y la UGT (sindicato del PSOE) fue legendaria hasta 1936. Se odiaban, se asesinaban entre sí, se disputaban el control de las fábricas y de las masas obreras. Pero cuando estalló la guerra civil, olvidaron sus diferencias para unirse en el crimen.
En julio de 1936, con el Frente Popular ya en el poder, la CNT se desató. Tomaron fábricas, confiscaron propiedades, asesinaron a sacerdotes y religiosos, profanaron templos y destruyeron archivos parroquiales. Las iglesias ardían, los conventos se convertían en checas, y las calles de Barcelona se tiñeron de rojo. Cataluña fue su laboratorio del terror, una anarquía absoluta donde el Estado desapareció y la ley fue sustituida por el fusil, y todo ello con la colaboración del presidente de la Generalitat Luis Companys.
Durante aquellos meses de barbarie, los anarquistas demostraron su verdadera naturaleza: violentos, vengativos y sanguinarios. Sus comités revolucionarios decidían quién vivía y quién moría. Miles de personas fueron ejecutadas sin juicio. Obreros, campesinos, monjas, curas, religiosos, simples sospechosos de fe o de “burguesía”: todos fueron víctimas del fanatismo.
Y, sin embargo, todavía hoy hay quienes quieren presentar a la CNT como una fuerza “libertaria”, “romántica” o “utópica”. Nada más lejos de la realidad. Fueron cómplices del Frente Popular, partícipes del genocidio religioso y corresponsables de la destrucción de España. De hecho, en noviembre de 1936, la anarquista Federica Montseny —una de las líderes más destacadas de la CNT— se convirtió en ministra de Sanidad del Gobierno republicano, demostrando que la supuesta “pureza ideológica” del anarquismo no resistía el olor del poder.
Esa entrada en el Gobierno fue una traición a sus propios principios, pero también una evidencia: la CNT no era ya un movimiento obrero, sino un instrumento del socialismo. La izquierda española, en todas sus variantes, acabó unida en el crimen y en la sangre.
Hoy, más de un siglo después, sus herederos ideológicos siguen ahí. Los vemos en las calles, con sus banderas negras y su violencia de siempre. Los vemos en los okupas, en los antisistema, en los nuevos movimientos subvencionados por el Estado. Son los mismos de 1910, los que no trabajan pero destruyen; los que no construyen, pero odian; los que no creen en España, pero viven de ella.
La historia de la CNT es la historia del fracaso del anarquismo y del oportunismo del socialismo. Entre ambos destruyeron la convivencia y condujeron a España a la guerra civil. Y lo más grave es que hoy, cuando el PSOE vuelve a pactar con los enemigos de España, cuando la violencia se justifica y la ley se desprecia, la sombra de 1910 vuelve a proyectarse sobre nosotros.
El 1 de noviembre de 1910 no nació un sindicato: nació una amenaza. Una semilla de caos que floreció en 1936 y que, bajo nuevas formas, aún hoy se niega a morir.
Javier García Isac
Más noticias: