Javier Ruiz acaba de abandonar Televisión Española. Se marcha después de haberse convertido en uno de los rostros más representativos de la nueva RTVE y aterriza como director editorial de La Séptima, el nuevo canal nacional que comenzará a emitir el próximo 5 de noviembre.
No se marcha precisamente a una pequeña televisión local.
La Séptima dispondrá de una licencia nacional de TDT concedida por el Gobierno por quince años, renovables por otros quince, a Servicios Integrados de Entretenimiento Televisivo, SIETE, un proyecto vinculado a accionistas de Prisa agrupados en torno a Global Alconaba, aunque el grupo Prisa, como empresa, no participe formalmente en la sociedad.
Es decir, hablamos potencialmente de treinta años de licencia.
Y aquí comienza lo verdaderamente interesante.
Porque tengo la impresión —y recalco que ésta es mi interpretación política— de que algunos empiezan a preparar el día después.
EL SANCHISMO EMPIEZA A HACER LAS MALETAS
Los gobiernos terminan. Todos.
También terminará el de Pedro Sánchez.
Podrá durar más o menos, podrá resistir una crisis más, un escándalo más, una investigación más o una derrota parlamentaria más. Pero llegará un momento en el que el PSOE abandonará La Moncloa.
Y entonces surgirá un problema para quienes durante estos años han encontrado en determinadas estructuras públicas un extraordinario altavoz.
¿Qué ocurrirá con esa enorme maquinaria mediática?
¿Qué será de los periodistas, tertulianos, comunicadores y opinadores que han convertido determinados espacios de la televisión pública, desde mi punto de vista, en trincheras ideológicas?
Tal vez estemos empezando a conocer la respuesta.
Se prepara la televisión de reserva.
Una especie de refugio mediático para cuando ya no resulte posible controlar la televisión pública desde el Gobierno.
Y ahí aparece Javier Ruiz.
Su fichaje por La Séptima no es menor. No estamos hablando simplemente de presentar un programa. Será director editorial.
Palabras mayores.
Será uno de los responsables de definir el contenido y la personalidad informativa de una televisión con cobertura nacional.
Y quienes hemos contemplado durante estos años la manera de entender el periodismo de Javier Ruiz podemos imaginar qué clase de televisión puede terminar construyéndose bajo su dirección.
JAVIER RUIZ Y EL PERIODISMO MILITANTE
Nunca he compartido la forma de hacer periodismo de Javier Ruiz.
No cuestiono su capacidad profesional ni su habilidad televisiva. Las audiencias de Mañaneros 360 han sido buenas y sería absurdo negarlo.
Lo que cuestiono es otra cosa.
La confusión permanente entre información y opinión.
La utilización de una televisión pública que debería representar a todos los españoles para desarrollar, a mi juicio, una línea editorial perfectamente reconocible.
Y no soy el único que ha percibido problemas.
El propio Consejo de Informativos de TVE elaboró un informe extraordinariamente crítico con Mañaneros 360 y Malas lenguas, señalando problemas relacionados con el sesgo y la neutralidad de determinados contenidos.
Eso debería preocuparnos independientemente de nuestras ideas políticas.
Porque RTVE no pertenece al PSOE.
Tampoco al PP.
Ni a Vox.
Ni a ningún Gobierno.
RTVE pertenece a todos los españoles, incluidos aquellos que detestan al Gobierno de turno.
Sin embargo, durante esta etapa hemos asistido a una creciente colonización de la programación política mediante comunicadores y tertulianos perfectamente identificados ideológicamente.
Javier Ruiz ha sido uno de sus grandes protagonistas.
Ahora se marcha.
Y resulta significativo comprobar dónde aterriza.
UNA LICENCIA PARA QUINCE AÑOS… RENOVABLES
El Gobierno adjudicó el pasado mes de mayo la nueva licencia nacional de TDT a SIETE.
La otra candidatura era Mediaset.
Ganó SIETE.
Nada de eso demuestra por sí solo ninguna irregularidad. Existió un concurso y existe una resolución administrativa.
Pero los ciudadanos tenemos perfecto derecho a analizar políticamente las decisiones de nuestros gobernantes.
Y también tenemos derecho a preguntar.
¿Por qué era necesaria precisamente ahora una nueva licencia nacional?
¿Quiénes están detrás del proyecto?
¿Qué relaciones empresariales y mediáticas existen entre sus protagonistas?
¿Qué línea editorial desarrollará?
¿Y por qué uno de los periodistas más identificados con la actual etapa de RTVE abandona la televisión pública para convertirse precisamente en director editorial de ese nuevo canal?
Las casualidades existen.
Pero en política conviene estudiarlas.
Especialmente cuando son tantas.
CUARENTA AÑOS CONSTRUYENDO REDES DE PODER
El PSOE entendió hace muchísimo tiempo algo que la derecha española jamás terminó de comprender.
El poder no consiste únicamente en ganar elecciones.
El poder consiste en construir estructuras capaces de sobrevivir cuando pierdes las elecciones.
Medios de comunicación.
Empresas.
Fundaciones.
Universidades.
Sindicatos.
Organizaciones culturales.
Instituciones.
Consejos de administración.
Redes de influencia.
Un gigantesco ecosistema construido durante décadas en el que siempre aparece un lugar para alguien.
Unos ayudan a otros.
Unos promocionan a otros.
Unos entrevistan a otros.
Unos legitiman a otros.
Y cuando cambia el Gobierno, buena parte de esa estructura permanece intacta esperando mejores tiempos.
Ésa ha sido una de las grandes fortalezas históricas del socialismo español.
Y una de las mayores ingenuidades de la derecha.
La derecha gana elecciones.
La izquierda construye poder.
No es lo mismo.
EL PRECEDENTE DE CANAL RED
Hay además otro fenómeno que merece ser observado.
Canal Red, el proyecto televisivo impulsado por Pablo Iglesias, dio este año el salto a Movistar Plus+.
Movistar Plus+ pertenece a Telefónica, una compañía en la que el Estado español, a través de la SEPI, posee una participación relevante.
¿Significa eso que el Gobierno controla Canal Red?
No.
Sería irresponsable afirmarlo sin pruebas.
Pero resulta perfectamente legítimo señalar el extraordinario ecosistema mediático que está creciendo alrededor de determinadas posiciones ideológicas y preguntarnos hasta qué punto las grandes empresas participadas por el Estado deben extremar la transparencia cuando mantienen relaciones comerciales con medios abiertamente políticos.
Y aquí aparece otro nombre históricamente relacionado con el socialismo: Javier de Paz, antiguo dirigente de las Juventudes Socialistas y persona próxima a José Luis Rodríguez Zapatero, que durante años ocupó responsabilidades en el consejo de Telefónica.
De nuevo, los nombres.
De nuevo, las relaciones.
De nuevo, ese ecosistema.
No hace falta inventar conspiraciones.
Basta con mirar los organigramas.
LA TELEVISIÓN DEL DÍA DESPUÉS
La Séptima asegura que quiere desarrollar una televisión alejada de los insultos y de la bronca.
Magnífico.
Bienvenida sea.
Pero habrá que comprobar qué entienden por pluralidad.
Porque en España hemos aprendido que algunas personas llaman pluralismo a sentar alrededor de una mesa a cinco periodistas que piensan prácticamente lo mismo para discutir sobre cuánto se equivocan quienes piensan diferente.
Eso no es pluralismo.
Es unanimidad con decorado.
Habrá que comprobar si La Séptima invita regularmente a periodistas conservadores, liberales, tradicionalistas o próximos a Vox.
Habrá que comprobar si allí pueden sentarse voces incómodas para el PSOE.
Habrá que comprobar cómo informa sobre los procedimientos judiciales que afectan al entorno socialista.
Habrá que comprobar qué tratamiento reciben Pedro Sánchez, Zapatero, Vox, Santiago Abascal, Feijóo o Isabel Díaz Ayuso.
Entonces podremos juzgarla.
Pero reconozco que la elección de Javier Ruiz como director editorial no me invita precisamente al optimismo.
DE RTVE A LA TRINCHERA PRIVADA
Existe, no obstante, una diferencia fundamental.
Si Javier Ruiz quiere hacer una televisión ideológica desde una empresa privada, está en su perfecto derecho.
Eso se llama libertad.
Puede defender al PSOE, atacar a Vox, criticar al PP y dedicar veinticuatro horas al día a explicar las bondades del progresismo.
Ningún problema.
Yo defenderé siempre su derecho a hacerlo.
Lo que resulta mucho más discutible es hacerlo desde una televisión pública pagada por todos.
Ésa es la diferencia.
Por eso casi prefiero que determinados periodistas abandonen RTVE.
Que cada uno ocupe su espacio.
Que exista una televisión progresista.
Otra conservadora.
Otra liberal.
Otra generalista.
Y que sean los espectadores quienes decidan.
Pero siempre con transparencia, y siempre que se mantengan con su dinero y no con el nuestro que generosamente entrega Moncloa a cambio de su silencio en determinadas cuestiones, o bien en alabanzas inmerecidas al gobierno.
Y, sobre todo, evitando que el dinero público se convierta en mecanismo para favorecer ecosistemas mediáticos afines al poder político.
EL PERIODISMO NO PUEDE SER UNA OPOSICIÓN SUPLENTE
Mi sospecha es que algunos ya están preparando el escenario posterior a Pedro Sánchez.
Si el PSOE pierde La Moncloa, necesitará una poderosa estructura mediática desde la que ejercer oposición.
Necesitará televisiones.
Radios.
Periódicos.
Digitales.
Tertulianos.
Presentadores.
Influencers.
Y periodistas dispuestos a convertir cada decisión del próximo Gobierno en una emergencia nacional.
Lo hemos visto antes.
Lo volveremos a ver.
Quienes hoy justifican prácticamente cualquier actuación del Gobierno descubrirán entonces una extraordinaria pasión por la independencia de las instituciones, la separación de poderes, la libertad de prensa y la neutralidad de RTVE.
Será emocionante.
Pero conviene conservar la hemeroteca.
Porque algunos tenemos memoria.
EL VERDADERO PODER ES SOBREVIVIR AL GOBIERNO
El problema español no consiste solamente en quién gobierna.
Consiste en quién conserva el poder cuando deja de gobernar.
Y ahí el PSOE lleva cuarenta años de ventaja.
Ha construido un entramado político, cultural, sindical y mediático extraordinariamente resistente.
Cambian los gobiernos.
Cambian los ministros.
Cambian los secretarios generales.
Pero determinadas redes permanecen.
Siempre aparece una televisión.
Una fundación.
Una empresa.
Un consejo de administración.
Una tertulia.
Un organismo.
Un despacho.
Un lugar donde aterrizar.
Por eso observo con enorme interés el nacimiento de La Séptima.
No porque quiera impedir que exista.
Todo lo contrario.
Quiero que emita.
Quiero verla.
Quiero comprobar su pluralidad.
Quiero saber quiénes serán sus tertulianos.
Quiero conocer sus contratos.
Quiero conocer sus fuentes de financiación.
Quiero observar su relación con las administraciones públicas.
Y quiero comprobar qué periodismo practica Javier Ruiz cuando ya no dispone del paraguas de Televisión Española.
Porque quizá entonces descubramos algo muy interesante.
Tal vez no estemos simplemente ante el nacimiento de una nueva televisión.
Tal vez estemos contemplando la construcción anticipada de la oposición mediática al próximo Gobierno.
Pedro Sánchez todavía continúa en La Moncloa.
Pero algunos parecen estar preparando ya el día después.
Y en política, como en los naufragios, cuando determinados pasajeros empiezan a acercarse discretamente a los botes salvavidas conviene preguntarse si saben algo que los demás todavía desconocemos.