
Solo el pueblo salva al pueblo
La opinión de Javier García Isac de hoy, lunes 2 de febrero de 2026
Hay una verdad incómoda que el poder detesta porque deja al descubierto su inutilidad moral: cuando llega la tragedia, cuando todo se viene abajo, no es el Estado ni el Gobierno quien acude primero; es el pueblo. Hombres y mujeres anónimos. Vecinos sin siglas. Españoles sin carné de partido. Personas corrientes que, cuando suena el estruendo o se impone el silencio de la muerte, no preguntan a quién hay que votar, sino a quién hay que ayudar.
Lo hemos vuelto a ver en el último accidente ferroviario. Mientras los protocolos se activaban con la lentitud habitual del aparato burocrático, fueron los vecinos los primeros en llegar. Se metieron entre vagones destrozados sin saber si podían explotar, sin equipos especiales, sin cámaras, sin consignas. Solo con lo puesto y con lo único que hace falta en esos momentos: valentía y humanidad. Ese es el verdadero rostro de España. El que nunca sale en los discursos oficiales.
Esta escena no es una excepción: es la norma. Se repite una y otra vez, porque hay algo profundamente arraigado en el carácter del pueblo español que ningún gobierno ha logrado extirpar: la solidaridad real, la que no se anuncia, la que no se instrumentaliza.
Cuando el pueblo actúa y el poder estorba
Lo vimos con la gota fría en Valencia. Miles de voluntarios salieron a la calle sin esperar instrucciones de nadie. Limpiaron barro, rescataron a vecinos atrapados, ayudaron a los heridos, recogieron cadáveres cuando el Estado aún estaba deliberando. Nadie les preguntó a quién votaban. Nadie les ofreció una subvención. Nadie les puso una medalla en ese momento. Lo hicieron porque había que hacerlo.
Durante la pandemia ocurrió exactamente lo mismo. El Gobierno optó por el miedo, el encierro, el control y la propaganda. Se nos confinó como si el miedo pudiera sustituir a la responsabilidad, como si tratar a ciudadanos adultos como súbditos fuera una solución sanitaria. Y, sin embargo, el pueblo volvió a dar lecciones morales: redes de ayuda espontánea, vecinos llevando comida a ancianos, gente saliendo a protestar contra medidas absurdas e injustas que destrozaban vidas y negocios mientras la élite política incumplía sus propias normas.
Mientras tanto, el Estado se dedicaba a asustar, señalar, dividir y censurar. Y cuando aquello empezó a resquebrajarse, el Gobierno huyó hacia adelante sin asumir responsabilidades. Una vez más.
La solidaridad que no cotiza en Bolsa política
También lo vimos en los atentados de ETA. Sangre, caos, muertos. Y, de nuevo, gente corriente ayudando a gente corriente. Brazos que cargaban heridos, puertas abiertas, colas para donar sangre, silencio respetuoso y una dignidad colectiva que ningún relato oficial ha podido empañar del todo.
Frente a esa solidaridad limpia y desinteresada, la izquierda política siempre ha hecho lo mismo: intentar sacar rédito. El dolor ajeno convertido en eslogan. La tragedia transformada en pancarta. El sufrimiento utilizado como ariete ideológico.
El caso del hundimiento del Prestige fue paradigmático. Antes de limpiar, antes de ayudar, antes de resolver, se preguntaron cómo capitalizar el desastre. Da igual la catástrofe: su primera pregunta nunca es “¿qué hacemos?”, sino “¿cómo lo usamos?”. Si la víctima no encaja en su relato, se la ignora. Si encaja, se la explota.
Un Estado colonizado, un pueblo ejemplar
Este Gobierno —y muy especialmente el Partido Socialista— ha colonizado el Estado. Ha convertido las instituciones en extensiones del partido. Ha degradado la idea misma de servicio público. Eludir responsabilidades se ha convertido en una forma de gobernar.
Cuando algo sale mal, culpan al clima, a la herencia recibida, a la oposición, al contexto internacional o a cualquier factor abstracto que les permita no mirar a los ojos a las víctimas. Nunca es culpa del poder. Y, sin embargo, siempre es el poder el que falla.
Por eso conviene decirlo alto y claro, sin miedo a incomodar: no podemos esperar nada de los gobiernos de turno ni de este Estado colonizado y corrompido. La verdadera garantía de que España se levanta tras cada golpe no está en los ministerios ni en las ruedas de prensa. Está en sus pueblos, en sus barrios, en su gente.
España: una tradición de dignidad popular
Esto no es nuevo. Forma parte de nuestra historia. El Dos de Mayo de 1808 no fue una revolución planificada desde el poder: fue el pueblo de Madrid levantándose contra la injusticia, sin pedir permiso, sin cálculos políticos, sin garantías de victoria. Aquella jornada, como tantas otras a lo largo de los siglos, dejó claro algo esencial: cuando España ha sido salvada, nunca ha sido desde arriba.
Siempre ha sido desde abajo. Desde la gente común que no se rinde. Desde quienes no esperan nada a cambio. Desde quienes entienden la solidaridad como un deber moral, no como una estrategia de comunicación.
Homenaje a los que siempre están
Este artículo es, ante todo, un homenaje. A los vecinos que se meten en vagones destrozados. A los voluntarios cubiertos de barro. A los ciudadanos que ayudan sin preguntar. A los que no salen en la foto. A los que no esperan subvenciones ni aplausos. A los que no necesitan Estado para ser decentes.
Y es también una denuncia. Porque quien gobierna y no responde, quien politiza el dolor, quien utiliza cada tragedia como arma partidista, no merece mandar. El pueblo español ha demostrado, una y otra vez, que está a la altura de las circunstancias. Lo que no está a la altura es el poder que dice representarlo.
Por eso conviene recordarlo siempre, especialmente cuando vuelvan a fallar —porque volverán a fallar—:
solo el pueblo salva al pueblo. Y todo lo demás son excusas.
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