Hoy se nos ha ido Fernando Esteso, a los 80 años. Y con él se marcha algo más que un actor: se va una forma de entender el humor, el cine y, en el fondo, la vida. Esteso fue un maestro de la interpretación popular, de esa que no pide disculpas ni permiso, de la que entiende que la risa es un acto profundamente humano y, por eso mismo, profundamente libre.
El suyo era un humor sin complejos. Un humor que no estaba reñido con lo políticamente incorrecto porque, sencillamente, no reconocía esa etiqueta. Se reía de todo y con todos. Y esa es una lección que hoy incomoda: cuando uno puede reírse de sí mismo, deja en evidencia a quienes viven permanentemente ofendidos.
Junto a Andrés Pajares, Fernando Esteso protagonizó una etapa del cine español que algunos se empeñan hoy en despreciar con condescendencia moral. Era un cine popular, directo, sin dobleces, que conectaba con la España real, no con la España diseñada en despachos ideológicos. Un cine que llenaba salas sin necesidad de subvenciones, sin catecismos y sin lecciones morales impostadas.
Bajo la dirección de Mariano Ozores, aquellas comedias eran taquilleras porque hablaban el lenguaje del pueblo. No se sostenían con dinero público, se sostenían con risas. Con entradas vendidas. Con espectadores que iban al cine para divertirse, no para recibir un sermón disfrazado de cultura.
Era otra época, sí. Menos puritana y, paradójicamente, más libre. Una España en la que la gente no se ofendía por respirar, ni necesitaba manuales de conducta para saber qué podía ver, leer o escuchar. Hoy, sin embargo, asistimos a una ironía monumental: aquellos que se declaran anticatólicos y anticlericales se han erigido en los nuevos censores. Los nuevos inquisidores. Nos dicen qué está bien y qué está mal, qué es aceptable y qué debe ser cancelado. Han cambiado el confesonario por el BOE y la homilía por la moralina audiovisual.







