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Ilustración de tres hombres posando juntos mientras el del centro sostiene un micrófono con el logo EDATV
OPINIÓN

Los proscritos puntuales

Por José Rivela, el cronista apartado

Hay hombres a los que el sistema declara muertos con una puntualidad admirable. Se les entierra sin autopsia, se les redacta el obituario en prime time y se les concede el dudoso honor de no poder defenderse. Es un procedimiento limpio: no deja sangre en la moqueta y ahorra explicaciones. Luego, a veces, esos hombres vuelven. Y el problema no es que vuelvan: el problema es que vuelven andando.
A Javier Negre, fundador y presidente del Grupo EDATV, lo dieron por amortizado en la pandemia, cuando la consigna sustituyó a la pregunta y el encierro se vendió como virtud cívica mientras algunos salían de fiesta por la puerta de atrás. Desde el salón de un apartamento —ese lugar que nunca figuró en los manuales de periodismo— nació un canal de YouTube con nombre de alarma y tono de herejía. No había dinero, ni plató, ni invitaciones a photocalls. Había algo más peligroso: insistencia. Y una idea anticuada, casi indecente: contar lo que no convenía.
Después vino el ritual completo: despido por presiones, difamación, amenazas, expulsión de televisiones, silencio administrativo del teléfono. La muerte civil, que es la única que se decreta con sonrisa. A Negre lo atacaron sin darle turno de palabra, que es la forma moderna de la unanimidad. Todo estaba bien organizado para que no volviera a sonar. Y, sin embargo, sonó.
No fue un milagro ruidoso. Fue un crecimiento low cost, que es el peor de los crecimientos para los acomodados. Porque el dinero grande se domestica, pero el pequeño obliga a pensar. Con la ayuda de seguidores —esa palabra incómoda— y de empresarios que aún distinguen entre invertir y obedecer, el proyecto se multiplicó. Hoy el grupo que nació en zapatillas opera en una docena de países, gestiona medios de alta viralidad en el mundo hispano y se sienta donde antes se sentaban otros con más credenciales y menos preguntas.
La escena es casi literaria: la primera fila de la sala de prensa de la Casa Blanca ocupada por quien fue declarado inexistente, mientras los grandes medios —expertos en explicar el mundo sin mancharse las manos— miran de reojo. No hay venganza en esa imagen, sino una lección antigua: el poder se equivoca cuando confunde silencio con derrota.
En esta historia, Negre no camina solo. Está Javier García Isac, director general del Grupo EDATV y director de Informa Radio, que ha convertido la estructura en una forma de pensamiento, en un armazón capaz de sostener la intemperie sin volverse rígido. Y está Tate Barceló, director de EDATV.news, que aporta la velocidad, el pulso digital y esa impaciencia útil que no pide permiso ni espera aprobación. Entre los tres han levantado un edificio raro: medios que no piden perdón por existir y que no confunden neutralidad con sumisión.
El contexto ayuda a entender el fenómeno. Mientras algunos aún discuten si preguntar es de mala educación, el mapa internacional se mueve con una claridad incómoda. Todo lo que tocan Rubio y Trump se convierte en ganador, dicen las encuestas con esa frialdad estadística que tanto molesta a los moralistas de salón. Avanza la derecha en países donde no estaba invitada, se rompen consensos que parecían eternos y aparecen liderazgos que no piden disculpas por gobernar.
En paralelo, las escenas se repiten con una insistencia reveladora: enviados especiales, príncipes del Golfo, empresarios que compran clubes históricos o media ligas enteras, directores de medios alternativos sentados a la misma mesa. Fotografías que hace unos años habrían sido tachadas de exageración y hoy circulan con la naturalidad de lo inevitable. La política internacional no se hace en tertulias: se hace en pasillos, en despachos y, cada vez más, en medios que no pertenecen al viejo oligopolio.
Mientras tanto, en casa, la realidad insiste. Tramas que dejan móviles no rastreables, fotos inoportunas y amistades que preferirían no haber sido documentadas. La corrupción, como el mal periodismo, no desaparece: se acumula. Y siempre acaba por delatarse sola, sin necesidad de adjetivos.
No se trata aquí de aplaudir nombres propios ni de componer estampas heroicas. Se trata de algo más prosaico y más difícil: resistir sin volverse igual. Dar la batalla cultural sin convertirla en ruido. Defender la libertad sin convertirla en consigna. Decir la verdad —esa palabra tan manoseada— con la humildad de quien sabe que mañana puede equivocarse y tendrá que rectificar sin aspavientos.
Quizá por eso molesta tanto este grupo: porque no pide permiso, pero tampoco pide indulgencia. Porque no reclama monopolio moral ni exige fe ciega. Solo persevera. A los que hoy vuelven a llamar —siempre hay llamadas tardías— conviene recordarles que la memoria es un ejercicio de higiene, no de rencor.
Y a Javier Negre, a Javier García Isac y a Tate Barceló cabe decirles algo sencillo, que en periodismo es lo más raro: sigan.
Sigan preguntando cuando no conviene.
Sigan mirando donde no hay foco.
Sigan creciendo sin pedir disculpas por hacerlo.
El resto es literatura, y de la peor.

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