Han pasado ya más de siete días desde el esperpento eléctrico que dejó a buena parte de España en vilo, y el Gobierno de Pedro Sánchez sigue sin ofrecer una explicación convincente. No la da porque no la tiene. Y no la tiene porque el apagón del lunes 28 de abril no fue un accidente, sino la consecuencia directa de una decisión política temeraria, impulsada por la megalomanía de un presidente obsesionado con la propaganda.
Según fuentes solventes, Sánchez había dado instrucciones expresas a primera hora de la mañana de aquel lunes para que, a las 15:00 h —coincidiendo con el Telediario de máxima audiencia— pudiera anunciar a bombo y platillo que España se había convertido en el primer país del mundo en producir el 100% de su mix energético únicamente con energías renovables. Sin apoyo de la energía nuclear. Sin respaldo fósil. Solo viento, sol y fantasía progresista.
Pero como todo lo que toca el sanchismo, aquello acabó en desastre. Se forzó el sistema más allá de sus límites. Se desactivaron —por orden política— los últimos reactores nucleares operativos en Almaraz y Cofrentes. Se hizo de forma precipitada, imprudente y contraria a cualquier criterio técnico. Y el resultado fue un colapso en cascada del sistema eléctrico nacional que ha dejado a España, una vez más, en ridículo ante Europa y el mundo.
¿Qué ha hecho el Gobierno desde entonces? Lo de siempre: callar, mentir, buscar culpables y preparar la coartada. Se prepara ya el relato para justificar lo injustificable. En Moncloa se cocina la versión oficial con el mismo cinismo de siempre: se intentará culpar a una pequeña generadora, una empresa menor a la que sacrificar como chivo expiatorio para no reconocer el error de fondo. La gran mentira será señalar a una pieza prescindible del engranaje, mientras se protege a los verdaderos responsables del desaguisado.
Porque la verdad es clara: la culpa no fue de una empresa, sino del Gobierno y de su gestión ideológica y fanática del sistema energético. Y más concretamente, de REDEIA (antigua Red Eléctrica Española), hoy convertida en un cortijo político bajo la batuta de Beatriz Corredor, una socialista reciclada que lleva cinco años destrozando la operatividad de una empresa clave para el funcionamiento del país. Una presidente, que no hace caso de los técnicos y grandes profesionales que allí trabajan
Lo que antes era una entidad técnica ejemplar, dirigida por ingenieros y expertos, hoy está gobernada por el sectarismo, la ideología de género, el amiguismo y la paridad de cuota. Beatriz Corredor ha hecho de REDEIA un centro de colocación de correligionarios, una extensión más de la red clientelar del PSOE. El conocimiento técnico ha sido sustituido por el activismo político. La meritocracia, por la obediencia al líder.
Y no hablamos solo de errores de gestión, hablamos de decisiones que ponen en peligro la seguridad nacional. El apagón fue solo la consecuencia visible de una política energética delirante, que busca hacer de España un escaparate de propaganda ecologista a costa de la estabilidad del país. Sánchez quería su titular, su foto, su momento de gloria. Y lo que consiguió fue una crisis energética que puede repetirse en cualquier momento.







