Pedro Sánchez no puede salir a la calle. Cada vez que lo intenta, es abucheado, insultado y repudiado por una ciudadanía harta de sus mentiras, su soberbia y su traición permanente a los intereses de España. El presidente más impopular de nuestra historia reciente, atrapado en su propio delirio de grandeza, no pudo siquiera asistir al funeral del Papa Francisco, dejando en evidencia no solo su cobardía personal, sino su desprecio absoluto por nuestras raíces culturales y espirituales. Tampoco acudió a la final de la Copa del Rey en Sevilla, una tradición institucional que antaño los presidentes respetaban, pero que Sánchez evita como quien huye de su propio juicio popular.
La realidad es que Pedro Sánchez ya no se atreve a mezclarse con los españoles de a pie. Sabe que su sola presencia genera rechazo. Por eso se encierra en eventos cerrados, rodeado únicamente de su público, en actos cuidadosamente orquestados donde solo se permite el aplauso fácil, el griterío forzado y las loas impostadas de los suyos. El tirano contemporáneo necesita protegerse del pueblo que dice representar, porque sabe que ha traicionado todo aquello que juró defender.
El PSOE, convertido ya en la caricatura de sí mismo, avanza en una loca huida hacia adelante de la que solo puede salir por el precipicio. El sanchismo, esa secta fanatizada construida alrededor de un personaje vacío y narcisista, está dispuesto a todo con tal de prolongar su agonía en el poder. Sánchez ha demostrado no tener líneas rojas: ha entregado soberanía a la anti-España, ha humillado a las instituciones, ha corrompido el Estado de derecho, ha cedido ante todos y cada uno de los chantajes de los separatistas, de los comunistas y de los enemigos de la nación.
Ni los contratos públicos están a salvo. Cuando los mamarrachos de la otra extrema izquierda del Gobierno —esos analfabetos funcionales que ocupan ministerios— le exigen anular acuerdos, Sánchez se pliega, claudica, obedece, como buen rehén del Frankenstein político que él mismo creó. No importa el daño económico, no importa la ruina del país, no importa la miseria que hereden las futuras generaciones: para Pedro Sánchez, solo importa Pedro Sánchez.







