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HASTA SIEMPRE, FELIPE: TEQUILA, LA MOVIDA Y AQUELLOS AÑOS QUE SE FUERON

HASTA SIEMPRE, FELIPE: TEQUILA, LA MOVIDA Y AQUELLOS AÑOS QUE SE FUERON
por Javier Garcia Isac
13 de agosto de 2026 a las 10:00
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La muerte de Felipe Gutiérrez, Felipe Lipe, fundador y bajista de Tequila, ha sido una de ellas

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Hay noticias que uno lee como periodista y otras que recibe simplemente como persona. Noticias que no te llevan a una hemeroteca, sino a tu propia vida. Que no te hacen pensar en fechas, discos o acontecimientos, sino en rostros, calles, amigos y momentos que creías perfectamente archivados en algún rincón de la memoria.

La muerte de Felipe Gutiérrez, Felipe Lipe, fundador y bajista de Tequila, ha sido una de ellas.

Felipe se ha marchado a los 68 años y, al conocer la noticia, inevitablemente he vuelto a ser aquel chaval de dieciocho o diecinueve años que empezaba a descubrir la vida en un Madrid completamente diferente al actual.

Porque yo conocí a Felipe.

Y eso cambia todo a la hora de escribir estas líneas.

Cuando coincidí con él, Tequila ya había terminado su aventura. Felipe estaba librando entonces una batalla mucho más importante que cualquier éxito musical: estaba tratando de dejar atrás sus adicciones y de reconstruir su vida.

Yo era prácticamente un crío. Colaboraba entonces con la bolsa de trabajo del sindicato Fuerza Nacional del Trabajo y recuerdo que intentamos ayudarle a encontrar su primer empleo en aquella nueva etapa.

Puede parecer una anécdota menor después de tantos años, pero hoy la recuerdo con una enorme emoción.

Porque aquel hombre al que intentábamos ayudar a encontrar trabajo había formado parte de uno de los grupos que habían cambiado la música española.

Tequila había nacido en Madrid en 1976 y Felipe fue uno de sus cinco miembros fundadores, junto a Ariel Rot, Alejo Stivel, Julián Infante y Manolo Iglesias. Incluso fue Felipe quien propuso el nombre del grupo. Cuatro discos bastaron para convertirlos en historia del rock español.

Salta, Dime que me quieres, Rock and Roll en la plaza del pueblo...

Canciones que ya pertenecen a varias generaciones de españoles.

Pero yo conocí al hombre que había detrás del músico.

Conocí también a su familia. A sus padres. Recuerdo aquella casa en la antigua avenida de Aragón, pasada la Cruz de los Caídos, en lo que hoy es la prolongación de la calle Alcalá, cerca de San Blas y Canillejas. Recuerdo especialmente a su hermana Montserrat, de la que fui muy amigo y que acabaría casándose con otro buen amigo mío, José Julio.

Y recuerdo, naturalmente, a Rafa.

Rafa Gutiérrez, hermano de Felipe y guitarrista de Hombres G, con quien con el paso de los años terminé teniendo una amistad mucho más estrecha, una amistad que afortunadamente continúa hasta hoy.

Dos hermanos y dos historias musicales diferentes.

Felipe con Tequila. Rafa con Hombres G.

Una familia con una extraordinaria sensibilidad musical que, de una manera u otra, terminó formando parte de la banda sonora de varias generaciones.

Y quizá por eso la muerte de Felipe me ha llevado inevitablemente hasta aquellos años.

Hasta aquel Madrid.

Hasta aquellos conciertos.

Hasta los primeros tiempos de Hombres G.

Hasta una juventud que entonces parecía que no iba a terminar nunca.

No quiero caer en ese tópico según el cual cualquier tiempo pasado fue mejor. Nunca lo he creído. Si creo que posiblemente lo mejor está aún por llegar, aunque pueda parecer una estupidez contemporánea que nos obliga a repetir constantemente, “que lo mejor está por llegar”.

No lo sabemos.

La vida tiene momentos buenos y malos, independientemente de la fecha que aparezca en el calendario.

Pero sí sé que hubo una época irrepetible.

Y Felipe perteneció a ella.

LA CARA OSCURA DE LA MOVIDA

Ahora bien, precisamente porque han pasado los años, creo que tenemos la obligación de mirar aquella época sin convertirla en una postal edulcorada.

La llamada Movida madrileña dejó una extraordinaria explosión de creatividad. Música, cine, pintura, fotografía, literatura, locales nocturnos y una sensación de libertad que transformó culturalmente Madrid.

Pero también tuvo una cara terrible.

Las drogas.

Y especialmente la heroína.

Demasiados jóvenes quedaron destrozados por ellas. Algunos consiguieron salir. Otros jamás pudieron hacerlo. Todos ellos quedaron marcados. Unos y otros.

Por eso siempre me ha molestado la mitificación absoluta de aquellos años. Como si todo hubiese sido música, libertad, diversión y noches interminables.

No.

También hubo padres enterrando hijos.

También hubo familias destrozadas.

También hubo carreras truncadas.

También hubo una generación marcada para siempre.

Y existió además una irresponsabilidad política y social que hoy parece que nadie quiere recordar.

Aquel famoso “¡colocaos y al loro!” de Enrique Tierno Galván, el alcalde socialista de Madrid convertido después en una especie de santo laico de la progresía, representa perfectamente aquella frivolidad.

Se banalizaron las drogas.

Se presentó el colocón como una forma de modernidad, de rebeldía y hasta de libertad.

Y muchos se colocaron.

Demasiados.

El problema es que algunos no volvieron.

Otros necesitaron años para regresar.

Y Felipe fue uno de quienes consiguieron regresar.

Eso es también lo que merece ser recordado ahora.

Porque su historia no terminó con Tequila ni con sus problemas de adicción. Felipe consiguió rehacer su vida. Estudió Psicología y dedicó durante años buena parte de su existencia a ayudar a otras personas que estaban recorriendo aquel mismo infierno que él había conocido.

Y eso, probablemente, dice tanto de una persona como haber llenado conciertos o grabado discos que siguen escuchándose casi medio siglo después.

Felipe conocía el problema porque había estado dentro.

Sabía que detrás del drogodependiente había una persona.

Sabía que se podía caer.

Pero también sabía que era posible levantarse.

AQUEL MADRID QUE YA NO EXISTE

Quizá sea inevitable que con los años las ciudades que hemos conocido terminen desapareciendo.

No físicamente. Las calles continúan estando ahí.

Pero desaparece su alma.

Pasamos por determinados lugares y nosotros seguimos viendo cosas que los demás no pueden ver.

Donde otro ve simplemente un edificio, nosotros recordamos una casa.

Donde alguien ve una calle, nosotros recordamos una conversación.

Donde los jóvenes de hoy ven un nombre en Spotify, nosotros recordamos un concierto, una noche de verano, unos amigos o aquella chica de la que estuvimos enamorados.

Eso me ha ocurrido al conocer la muerte de Felipe.

De repente he vuelto a ver aquel Madrid.

He vuelto a recordar la antigua avenida de Aragón.

He recordado a sus padres.

A Montserrat.

A José Julio.

A Rafa.

A Felipe tratando de empezar de nuevo después de Tequila.

Y he recordado también al chaval que yo era entonces.

Supongo que hacerse mayor consiste también en eso: en comenzar a descubrir que cada vez son más los recuerdos que los proyectos y que determinadas noticias van apagando poco a poco las luces de escenarios que creíamos eternos.

Pero queda la música.

Siempre queda la música.

Dentro de cincuenta años alguien volverá a escuchar Salta sin saber probablemente quiénes éramos nosotros, cómo era aquel Madrid ni qué significaba escuchar aquella canción cuando acababa de publicarse.

Y dará igual.

Porque volverá a sonar el bajo de Felipe.

Eso es lo maravilloso de la música.

Los músicos se marchan, pero las canciones se niegan a morir.

HASTA SIEMPRE, QUERIDO FELIPE

Hoy no quiero despedir únicamente al fundador de Tequila.

Otros escribirán sobre el músico, los discos, los conciertos y la importancia de aquella banda en la historia del rock español.

Yo quería despedirme del hombre que conocí.

De aquel Felipe que intentaba reconstruir su vida.

Del hermano de Montserrat y de Rafa.

Del hijo de aquellos padres que conocí.

Del hombre al que, siendo yo prácticamente un adolescente, tratamos de echar una mano para encontrar trabajo cuando empezaba nuevamente desde cero.

Han pasado casi cuarenta años.

Demasiado deprisa.

Después la vida nos fue llevando a cada uno por caminos diferentes y lamento profundamente no haber podido disfrutar durante más tiempo de su amistad.

Pero quizá la amistad tenga también estas cosas. No siempre necesita mantenerse diariamente para conservar intacto el cariño por alguien.

Hay personas que permanecen asociadas para siempre a una determinada etapa de nuestra vida.

Felipe es una de ellas.

Por eso su muerte me ha producido tristeza, pero sobre todo una inmensa nostalgia, a pesar de solo saber de él a través de su hermano Rafa.

Nostalgia de Tequila.

Nostalgia de los primeros Hombres G.

Nostalgia de aquellos conciertos.

Nostalgia de los amigos.

Nostalgia de un Madrid que ya no existe.

Y nostalgia, supongo, de nosotros mismos.

Hoy quiero mandar todo mi cariño a su familia y muy especialmente a mi querido amigo Rafa, al que sé que estos días le está tocando atravesar uno de esos momentos para los que nunca estamos preparados.

Felipe se ha marchado.

Pero mientras alguien ponga un disco de Tequila, mientras alguien grite Salta en una fiesta, mientras vuelva a sonar Rock and Roll en la plaza del pueblo, una pequeña parte de aquel muchacho seguirá entre nosotros.

Y nosotros volveremos durante tres minutos a tener veinte años.

Hasta siempre, querido Felipe.

Gracias por la música.

Gracias por los recuerdos.

Y gracias también por recordarme, con tu marcha, que hubo una vez un Madrid, unos amigos y una juventud que creíamos que durarían para siempre.


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