Hay figuras que, aun manteniéndose en un segundo plano, acaban resultando más decisivas que muchos ministros. Santos Cerdán es una de ellas. Su nombre no suele abrir telediarios ni llenar titulares, pero su papel dentro del PSOE ha sido tan silencioso como fundamental. Sustituto de José Luis Ábalos, amigo personal de Koldo García, implicado en conversaciones que apestan a corrupción, comisiones y tramas turbias. Este personaje, gris y sin formación, representa como pocos el alma podrida del sanchismo.
Cerdán no llega al poder por méritos, preparación o liderazgo político. Llega por obediencia. Por servilismo. Por ser leal al líder, no a las ideas. Procede de la federación navarra del PSOE, una de las más opacas, trufada de escándalos y traiciones a España, donde se ha blanqueado el nacionalismo vasco y se ha pactado con Bildu sin ningún tipo de rubor. Esa es su cuna política, su escuela de traiciones.
Cuando estalla el escándalo de Koldo, ese oscuro personaje que campaba por los pasillos de AENA, RENFE y ministerios como si fueran su cortijo, muchos se preguntan: ¿cómo es posible que nadie supiera lo que ocurría? Pues lo sabían. Y uno de los que lo sabían era Santos Cerdán. Porque él no es un recién llegado. No es un sustituto accidental de Ábalos. Es su relevo natural. Su hombre de confianza. De hecho, los WhatsApp que se han ido conociendo en las últimas semanas no dejan lugar a dudas: se hablaba sin tapujos de comisiones, de intermediarios, de adjudicaciones. No con eufemismos, no con códigos cifrados. Con descaro y arrogancia, con la impunidad de quien se sabe protegido por el poder.
Santos Cerdán ha sido el responsable directo de la organización y las finanzas del PSOE. Traducido: el que manejaba los hilos internos del partido, el que decidía a quién se premiaba con un puesto, a quién se expulsaba, y sobre todo, por dónde entraba y salía el dinero. El PSOE, bajo su batuta organizativa, se convirtió en una maquinaria perfectamente engrasada al servicio de Pedro Sánchez. Y en ese engranaje, Koldo era solo un peón más.
No es casualidad que Santos Cerdán acompañase a Pedro Sánchez en sus giras internas, ni que apareciera en todos los grandes momentos del sanchismo: desde la recuperación del liderazgo tras la dimisión forzada en 2016, hasta las negociaciones con los independentistas catalanes, pasando por los pactos con Bildu. Siempre estaba allí. Como un testigo mudo de todas las traiciones, como un ejecutor diligente del plan de poder que Sánchez tejía con paciencia y cinismo.







