A este panorama hay que sumarle el colapso de la gestión. El apagón eléctrico de abril de 2025, silenciado a toda prisa por el Gobierno, dejó sin suministro a millones de españoles durante horas. Fue consecuencia directa del dogmatismo verde del Ejecutivo, que quiso presumir ante el mundo de un mix energético 100% renovable, desactivando incluso los reactores nucleares de forma irresponsable. A ello se suma el caos en las infraestructuras ferroviarias, con trenes averiados, retrasos sistemáticos y una RENFE colapsada, mientras el ministro Óscar Puente se dedica a pelearse en Twitter y a señalar ciudadanos.
Maquillaje del paro y manipulación estadística
En paralelo, los datos del paro se maquillan sin pudor. Se cambian las definiciones, se alteran las categorías y se esconde el drama real de millones de personas sin empleo o con contratos precarios. La vicepresidenta Yolanda Díaz, más preocupada por las pancartas del 1 de mayo que por la clase trabajadora, se pasea por manifestaciones sindicales como si no fuera responsable de la destrucción del tejido productivo. Mientras tanto, los sindicatos callan, subvencionados y domesticados por el propio Gobierno.
Deuda descontrolada y ruina económica
La deuda pública supera los 1,6 billones de euros. El déficit es estructural. La inflación, la subida del coste de vida y el asfixiante intervencionismo del Gobierno están destrozando el ahorro de las familias y la supervivencia de las pequeñas empresas. Pero a Sánchez eso no le importa: su única obsesión es mantenerse en el poder. Si para ello tiene que hipotecar el futuro de varias generaciones, lo hará sin pestañear.
Cesiones al separatismo: traición al interés nacional
Y mientras España se hunde, Sánchez sigue entregando pedazos de soberanía al separatismo. Amnistías a golpistas, acuerdos con Bildu, traspasos de competencias a la carta, privilegios fiscales para el País Vasco, ataques a la Guardia Civil, y la rendición diplomática ante Marruecos. España ya no es un Estado soberano, sino un laboratorio de ingeniería social, troceado, manipulado y dirigido por minorías que odian su historia y su identidad.
Un presidente solo, cercado y sin credibilidad
Pedro Sánchez ya no gobierna: sobrevive. Cada semana se encierra más en su propio búnker, rodeado de asesores, perdiendo apoyo dentro y fuera del PSOE, enfrentado incluso con sus antiguos escuderos. Hasta los barones socialistas que lo auparon, como Lambán, Page o Susana Díaz, ahora se rasgan las vestiduras, pero sabían perfectamente quién era. Sabían que era un autócrata, un narcisista y un mentiroso. Y lo apoyaron.
Hoy, el sanchismo se tambalea como un castillo de naipes. Ha perdido credibilidad, autoridad moral y apoyo social. Ya no gobierna, improvisa. Ya no lidera, resiste. Ya no construye, destruye. Y como ocurrió con el imperio soviético, su hundimiento puede llegar de forma repentina. Porque nada sólido se construye sobre la mentira, la corrupción y el odio.
Ha llegado el momento de exigir su dimisión. No por ideología, sino por dignidad. Por higiene democrática. Por necesidad nacional.