El gobierno y sus socios separatistas vuelven a exhibir su irresponsabilidad más absoluta. No les basta con anunciar la llegada de tres millones y medio de inmigrantes en diez años para sostener un sistema de pensiones moribundo; ahora queda cada vez más claro qué inmigración es la que buscan: una inmigración islámica, desordenada, difícil de integrar y culturalmente incompatible con nuestra tradición y nuestra civilización.
No se trata de un error de cálculo. Se trata de un plan perfectamente diseñado. Mientras podrían abrir las puertas a inmigración iberoamericana con lazos culturales, lingüísticos y religiosos que facilitan la integración, prefieren apostar por la llegada masiva de inmigración islámica. Y eso tiene un porqué: la creación de bolsas electorales cautivas y el germen de futuros partidos islamistas que garanticen la perpetuación en el poder de la izquierda, o eso piensan ellos.
El espejismo de las pensiones
Nos repiten, como un mantra, que esta invasión servirá para sostener las pensiones. Una mentira que se desmorona sola. La mayoría de inmigrantes actuales en España no aportan más de lo que reciben. Son beneficiarios de subsidios, sanidad gratuita, ayudas a la vivienda, becas educativas y hasta subvenciones municipales, mientras el autónomo español que ha cotizado toda su vida apenas sobrevive con una pensión de miseria.
Lo que en realidad busca el gobierno no es garantizar las pensiones, sino garantizar su propio voto. No les importa el futuro del sistema, les importa su supervivencia política. Y para ello están dispuestos a importar millones de personas que, lejos de integrarse, imponen sus costumbres y su visión del mundo en barrios donde la autoridad del Estado ha desaparecido.
El modelo francés como advertencia
Solo hay que mirar a Francia. Barrios enteros en Marsella, Lyon o París son ya zonas de no derecho donde la Sharia se aplica de facto. Allí la policía no entra, las mujeres viven bajo códigos islámicos, y el islamismo radical encuentra terreno fértil para expandirse.
En España ya tenemos los primeros síntomas: mezquitas controladas por imanes financiados desde el extranjero, barrios donde proliferan matrimonios forzosos, poligamia encubierta, escuelas coránicas ilegales y donde las mujeres españolas apenas pueden pasear sin ser acosadas.







