En plena descomposición del sanchismo, con la corrupción gangrenando las estructuras del PSOE y con Pedro Sánchez más cercado que nunca por las investigaciones judiciales, los tentáculos de la UCO y los escándalos familiares que afectan a su entorno más íntimo, empiezan a sonar nombres como posibles recambios. Y uno de los que cobra más fuerza, según algunas fuentes bien informadas, es el de Salvador Illa. Sí, han leído bien: Salvador Illa, el mismo que fue ministro de Sanidad durante la pandemia, el “filósofo de la muerte” que pasó a la historia no por salvar vidas, sino por ocultar cadáveres.
¿Quién es realmente Salvador Illa?
Un personaje anodino, mediocre, elevado a los altares del poder por la cuota catalana del PSOE. Nombrado ministro de Sanidad en enero de 2020, apenas semanas antes del estallido de la mayor crisis sanitaria que ha vivido España en un siglo. Su mérito: haber sido alcalde de un pequeño municipio catalán y ser un obediente peón del socialismo catalán. Un filósofo al frente de la sanidad nacional. La broma, de no haber costado decenas de miles de vidas, tendría un tinte surrealista. Pero no. El resultado fue trágico. Illa fue el rostro visible de la peor gestión sanitaria de Europa.
No tenía conocimientos técnicos, ni experiencia médica, ni criterio. Solo obediencia ciega a Sánchez. Mientras las morgues rebosaban, Illa comparecía sin datos, ocultando cifras, mintiendo sobre los muertos, improvisando restricciones arbitrarias que vulneraban derechos fundamentales. Fue el artífice político del primer estado de alarma declarado inconstitucional. Encerró a los ciudadanos en sus casas, persiguió a quien se atreviera a pasear solo por el campo, y permitió que los suyos celebraran fiestas privadas y reuniones del partido. Fue la cara de la sumisión, de la manipulación, del miedo institucionalizado.
Negocios turbios con olor a muerte
La Fiscalía Europea ya ha puesto el foco en su gestión. Existen indicios de que fondos europeos destinados a la emergencia sanitaria pudieron desviarse a fines irregulares. El nombre de Illa no está limpio. Al contrario, empieza a aparecer con demasiada frecuencia en las investigaciones. ¿Qué sabía Illa de los contratos adjudicados durante la pandemia? ¿Cuál fue su implicación en las mascarillas defectuosas, los respiradores inservibles y las comisiones de oro que enriquecieron a comisionistas como Koldo García, Víctor de Aldama o personajes del entorno de Ábalos?
Illa no era ajeno a todo aquello. Estaba en el centro de la gestión. Firmaba, decidía y callaba. No puede presentarse como víctima ni como ignorante. Fue corresponsable. Si Pedro Sánchez era el director de orquesta del horror, Illa era uno de los primeros violines. Su silencio le hizo cómplice. Y su inacción, responsable.
Premiado por fracasar
Pero en España, y más aún en el PSOE, el fracaso no se castiga: se premia. Illa pasó de ministro incompetente a candidato a la presidencia de la Generalitat. Y ganó. Un premio que no le correspondía, pero que se le otorgó como parte del blindaje del aparato. Desde la Generalitat, no ha hecho más que seguir la senda del separatismo: persecución del español, ataque a la Guardia Civil, sumisión a ERC y pacto con Junts. En definitiva, más de lo mismo. Un PSOE entregado a los enemigos de España, y que ahora puede ser pilotado por un exministro cuya gestión debería haberle inhabilitado para cargo público alguno.







