El sanchismo es una maquinaria perfectamente engrasada para la mentira, la manipulación y la corrupción. No hay día que no nos sorprendan con un nuevo ejercicio de propaganda o una nueva maniobra de distracción. El último episodio tiene nombre propio: Cristóbal Montoro. Aquel ministro de Hacienda del Partido Popular, responsable de muchas traiciones fiscales y políticas, ha sido imputado siete años después de abandonar el cargo. Y no lo dudemos ni un segundo: la utilización política de este caso no es casualidad, ni responde al súbito despertar de la justicia, sino que forma parte del engranaje sanchista para intentar blanquear su propia podredumbre.
El Gobierno más corrupto de la historia reciente de España necesita desviar la atención. Y para ello ha rescatado del cajón a Montoro, en un caso que ya fue archivado y que curiosamente ahora se reactiva sin una sola filtración, sin ruido mediático, sin escándalo alguno, salvo cuando interesa al PSOE. Este "y tú más" no busca justicia, sino fabricar una falsa equidistancia entre la corrupción sistémica del PSOE y los casos puntuales del PP, que no son pocos. Pero que nadie se engañe: la corrupción del PSOE no es coyuntural, es estructural. Va desde la cúpula del poder, con Pedro Sánchez y su esposa Begoña Gómez, hasta el último ayuntamiento donde haya una red clientelar tejida con fondos públicos.
Y mientras se desata esta operación de humo mediático, Pedro Sánchez hace lo que mejor sabe: huir. Ha vuelto a embarcarse en una nueva gira internacional, tan inútil como costosa, para seguir construyendo su figura como referente de la izquierda más bolivariana y miserable de Iberoamérica. En esta ocasión, le hemos visto reunirse con Gabriel Boric, el presidente chileno que ha hundido a su país en el caos, la inseguridad y la ruina más profunda. Ese es el espejo en el que se mira Sánchez, no el de los grandes estadistas europeos ni el de los aliados históricos de Occidente. Sánchez quiere ser el referente del socialismo fracasado, del populismo de miseria, del anti-Trumpismo infantil y posmoderno.
Lejos de preocuparse por los escándalos judiciales que salpican a su esposa, su hermano, sus ministros y sus hombres de confianza como Ábalos, Santos Cerdán o Koldo, Sánchez busca construir un relato heroico y externo, una figura artificial de “líder internacional” que solo cuela entre los medios comprados y los progres de salón. El problema no es que huya, el problema es que lo hace con dinero público y dejando un país sumido en el más absoluto caos.
Y si ya teníamos bastante con la puesta en escena de Montoro y la gira de Sánchez, se nos añade ahora un nuevo capítulo del esperpento: el manifiesto de apoyo a Sánchez firmado por titiriteros, músicos, actores y dinosaurios de la ceja. Unos personajes que, sin ningún pudor, cierran filas con la corrupción y se autoproclaman guardianes de la “democracia” mientras se enriquecen a costa de los impuestos de todos los españoles.







