Mientras España atraviesa una de sus etapas más oscuras en décadas —asfixiada por la deuda, la inmigración ilegal, el deterioro institucional y una corrupción sin precedentes—, el Gobierno de Pedro Sánchez y sus socios parecen vivir en una realidad paralela, una distopía construida a base de propaganda, relatos prefabricados y prioridades delirantes. No importa que el paro no baje, que la delincuencia se dispare, que el campo agonice o que el tejido productivo nacional esté siendo laminado por las imposiciones globalistas de la Agenda 2030. Para el Ejecutivo, la verdadera urgencia del país pasa por cambiar el nombre al Congreso de los Diputados por motivos de “lenguaje inclusivo” y colgar retratos de mujeres vinculadas a la II República, entre ellas, una figura tan siniestra como la comunista Dolores Ibárruri, La Pasionaria.
El Gobierno más corrupto exige al PP sumarse a su "plan anticorrupción"
El nivel de cinismo ha alcanzado cotas ridículas. Elma Saiz, ministra del Gobierno más corrupto de nuestra historia reciente —donde ministros, asesores, esposas, hermanos y hasta chóferes están siendo investigados por los tribunales—, ha tenido la desfachatez de pedir al Partido Popular que se sume al plan anticorrupción de Pedro Sánchez. ¿Puede haber mayor insulto a la inteligencia colectiva? ¿Cabe más desvergüenza que la de quienes han convertido Moncloa en un nido de tramas, maletines y nepotismo, pretendiendo ahora liderar una cruzada por la limpieza institucional?
Esto no es más que una maniobra desesperada. El socialismo español, en plena caída libre y con el horizonte judicial acechando, necesita polarizar, desviar la atención, y sobre todo, movilizar a un electorado que hace tiempo ha dejado de creerles. Y lo hacen con lo único que les queda: relatos identitarios, retórica de género y revisionismo histórico al servicio de una causa ideológica.
Retratos de odio: del olvido de Calvo Sotelo al culto a La Pasionaria
Una de las propuestas que mejor retrata esta estrategia es la pretensión de PSOE y Sumar de llenar el Congreso con retratos de diputadas republicanas, muchas de ellas vinculadas a la extrema izquierda, y en especial, de Dolores Ibárruri. La misma Ibárruri que justificó asesinatos políticos, que arengó a las masas al odio fratricida, que instigó la violencia desde su escaño y que jamás pidió perdón por el baño de sangre al que contribuyó. Una mujer cuya memoria debería ser objeto de estudio crítico, no de glorificación institucional.
¿Dónde están los retratos de otros parlamentarios de la misma época? ¿Dónde el homenaje a José Calvo Sotelo, uno de los líderes de la oposición en 1936, asesinado por pistoleros socialistas escoltados por miembros del cuerpo de seguridad del Estado? ¿Dónde el recuerdo a las víctimas de la persecución religiosa? ¿Dónde la memoria de los diputados que no se rindieron ante el marxismo y el caos? Ninguna. Porque no buscan reparar una supuesta injusticia, sino reescribir la historia para adaptarla a su dogma. Y lo más sangrante: el PP, una vez más, ha cedido. Ha aceptado participar en el “criterio cronológico” para ampliar la colección de retratos, sin plantar cara a esta farsa.
De “Congreso de los Diputados” a “Congreso”: la obsesión inclusiva
La otra gran prioridad legislativa es, sencillamente, ridícula: eliminar la denominación histórica de “Congreso de los Diputados” y rebautizar la institución como simple “Congreso” por motivos de lenguaje inclusivo. El objetivo, según sus impulsores, es “adaptarse a los nuevos estándares de igualdad y no discriminación”, eliminando el “masculino genérico”. Una patochada más, digna del delirio ideológico en el que vive la izquierda.







