Hubo un tiempo —y yo diría que sigue habiéndolo— en el que el mundo se detenía una noche al año. La casa parecía distinta, el silencio tenía otro peso, y el salón se convertía en territorio sagrado. Era la Noche de Reyes. La noche más mágica de todas. El mejor día del año.
Éramos niños y lo sabíamos todo sin saber nada. Nos acercábamos de puntillas al salón, conteniendo la respiración, con el corazón golpeando como un tambor. ¿Habrían llegado ya? ¿Habrían dejado huellas? ¿Se habría movido algo? Con nuestros padres, como en un rito antiguo y solemne, dejábamos galletas y leche para los Reyes y agua para los camellos. Y, al hacerlo, sentíamos que cumplíamos una misión importante, casi heroica. Porque creer también era un acto de responsabilidad.
Aquella noche no se dormía. O se dormía mal. Cualquier crujido era una señal. Cualquier sombra, una promesa. El nerviosismo no era ansiedad: era ilusión pura. Era esperanza sin cinismo. Era la certeza de que algo bueno estaba a punto de ocurrir.
Creer era hermoso. Y lo sigue siendo.
Yo lo digo sin rubor y sin complejos: yo sigo creyendo. Y no porque ignore el paso del tiempo, sino precisamente porque lo conozco. Porque sé que crecer no debería significar renunciar a la magia, sino aprender a custodiarla. Crecer no es olvidar; crecer es proteger aquello que nos hizo mejores.
Me encuentro, además, entre esos privilegiados que cargan con un recuerdo que no se borra. Yo juraría —y lo juraré siempre— que vi a los Reyes Magos salir de mi habitación. Mis tres hermanas no se dieron cuenta. Yo sí. Jamás olvidaré esa noche. Les vi salir, les seguí con el corazón en la garganta, vi cómo abandonaban mi casa y, desde la ventana, cómo se perdían cabalgando en sus camellos, con su séquito de pajes y una caravana interminable de regalos y luz. No fue un sueño. Fue una verdad íntima. Y las verdades íntimas no necesitan pruebas.
Hay quienes dirán que es fantasía. Que es ingenuidad. Que es cosa de niños. Yo digo lo contrario: es cosa de hombres y mujeres libres. Porque creer —de verdad creer— exige valentía. Exige plantarse frente a un mundo empeñado en robarnos la inocencia y decirle: “Hasta aquí”. Exige defender lo nuestro, lo heredado, lo que nos hizo comunidad.
La tradición de los Reyes Magos no es un decorado ni una postal. Es un legado. Es una pedagogía silenciosa que enseña paciencia, gratitud, ilusión compartida. Es una noche en la que los padres vuelven a ser niños para que los hijos aprendan a creer. Es una cadena de afectos que atraviesa generaciones.







