Logo edatv.news
Logo twitter
Belén navideño con figuras de los Reyes Magos adorando al niño Jesús en el pesebre junto a María José y un burro
OPINIÓN

La noche más mágica: seguir creyendo

La opinión de Javier García Isac de hoy, lunes 5 de enero de 2026

Hubo un tiempo —y yo diría que sigue habiéndolo— en el que el mundo se detenía una noche al año. La casa parecía distinta, el silencio tenía otro peso, y el salón se convertía en territorio sagrado. Era la Noche de Reyes. La noche más mágica de todas. El mejor día del año.

Éramos niños y lo sabíamos todo sin saber nada. Nos acercábamos de puntillas al salón, conteniendo la respiración, con el corazón golpeando como un tambor. ¿Habrían llegado ya? ¿Habrían dejado huellas? ¿Se habría movido algo? Con nuestros padres, como en un rito antiguo y solemne, dejábamos galletas y leche para los Reyes y agua para los camellos. Y, al hacerlo, sentíamos que cumplíamos una misión importante, casi heroica. Porque creer también era un acto de responsabilidad.

Aquella noche no se dormía. O se dormía mal. Cualquier crujido era una señal. Cualquier sombra, una promesa. El nerviosismo no era ansiedad: era ilusión pura. Era esperanza sin cinismo. Era la certeza de que algo bueno estaba a punto de ocurrir.

Creer era hermoso. Y lo sigue siendo.

Yo lo digo sin rubor y sin complejos: yo sigo creyendo. Y no porque ignore el paso del tiempo, sino precisamente porque lo conozco. Porque sé que crecer no debería significar renunciar a la magia, sino aprender a custodiarla. Crecer no es olvidar; crecer es proteger aquello que nos hizo mejores.

Me encuentro, además, entre esos privilegiados que cargan con un recuerdo que no se borra. Yo juraría —y lo juraré siempre— que vi a los Reyes Magos salir de mi habitación. Mis tres hermanas no se dieron cuenta. Yo sí. Jamás olvidaré esa noche. Les vi salir, les seguí con el corazón en la garganta, vi cómo abandonaban mi casa y, desde la ventana, cómo se perdían cabalgando en sus camellos, con su séquito de pajes y una caravana interminable de regalos y luz. No fue un sueño. Fue una verdad íntima. Y las verdades íntimas no necesitan pruebas.

Hay quienes dirán que es fantasía. Que es ingenuidad. Que es cosa de niños. Yo digo lo contrario: es cosa de hombres y mujeres libres. Porque creer —de verdad creer— exige valentía. Exige plantarse frente a un mundo empeñado en robarnos la inocencia y decirle: “Hasta aquí”. Exige defender lo nuestro, lo heredado, lo que nos hizo comunidad.

La tradición de los Reyes Magos no es un decorado ni una postal. Es un legado. Es una pedagogía silenciosa que enseña paciencia, gratitud, ilusión compartida. Es una noche en la que los padres vuelven a ser niños para que los hijos aprendan a creer. Es una cadena de afectos que atraviesa generaciones.

Por eso, aunque muchos de aquellos pequeños ya hayan crecido, les hemos enseñado a seguir celebrando, a seguir preparando la noche, a seguir cuidando los gestos. Porque la edad no es una excusa para el desencanto. Porque la madurez no consiste en burlarse de la magia, sino en sostenerla cuando el mundo la desprecia.

Defender a los Reyes Magos es defender algo más grande que una tradición: es defender el derecho a la ilusión, el valor de la memoria, la ternura sin ironía. Es recordar que alguna vez fuimos niños y que, si somos honestos con nosotros mismos, seguimos siéndolo.

Porque no debemos olvidar nunca de dónde nace todo. Aquella primera noche, en un modesto portal de Belén, cuando los tres Reyes Magos de Oriente llegaron guiados por una estrella para ofrecer oro, incienso y mirra al Niño Dios. No acudieron a un palacio ni a un trono de poder, sino a la humildad de un pesebre. Allí comenzó la verdadera magia: la del reconocimiento, la del respeto, la de la adoración sincera. La de creer sin exigir pruebas.

Hoy, siglos después, los Reyes siguen haciendo el mismo viaje. Ya no traen oro, incienso y mirra, pero entran en nuestras casas para dejarnos algo igual de valioso: ilusión, bondad, esperanza. Nos recuerdan que lo importante no es el regalo, sino el gesto; no el objeto, sino la emoción; no el ruido, sino el silencio de una noche compartida en familia.

Por eso esta tradición merece ser cuidada, defendida y transmitida. Porque en un mundo que se empeña en arrebatarnos la inocencia, los Reyes Magos siguen enseñándonos que creer es un acto de amor, que la bondad existe y que la ilusión no entiende de edades. No lo olvidemos nunca: mientras haya una casa en la que se espere su llegada, mientras haya un niño —o un adulto— dispuesto a creer, la magia seguirá viva.

No importa la edad que tengamos. Los Reyes Magos siempre nos acompañarán. Siempre estarán con nosotros. En cada galleta colocada con cuidado, en cada zapato alineado, en cada susurro nocturno, en cada padre que finge no creer para creer mejor, en cada adulto que se permite —al menos una noche— volver a mirar el mundo con los ojos muy abiertos.

Qué bonito es creer.

Qué necesario es seguir creyendo.

➡️ Opinión

Más noticias: