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Ramiro de Maeztu
OPINIÓN

Ramiro de Maeztu: verdad, hispanidad y el crimen que la izquierda nunca quiso mirar

La opinión de Javier García Isac de hoy, jueves 22 de enero de 2026

Hoy quiero recordar a Ramiro de Maeztu, uno de los grandes pensadores españoles del primer tercio del siglo XX. Su vida y su muerte resumen como pocas cosas la grandeza intelectual y la miseria moral de una España desgarrada. Maeztu representó la hispanidad, la tradición, la búsqueda de la verdad frente al dogma ideológico. Y por eso lo asesinaron. No por error, no por exceso: por lo que pensaba.

Un intelectual incómodo

Maeztu fue periodista, ensayista, diplomático y pensador. Evolucionó —como evolucionan los espíritus honestos— desde posiciones iniciales más cercanas al regeneracionismo hacia una defensa sólida de la tradición española, de la nación como comunidad histórica y moral. En Defensa de la Hispanidad dejó una idea central que hoy vuelve a incomodar: España no es un accidente, es una civilización.

Frente al materialismo, el relativismo y el odio de clases, Maeztu defendió la responsabilidad, el deber, la autoridad legítima y una visión espiritual de la vida pública. No era un hombre de consignas; era un hombre de ideas. Y las ideas, cuando son verdaderas y profundas, asustan a los fanáticos.

Inspiración política y compromiso

Maeztu no se quedó en la torre de marfil. Influyó en políticos y hombres de Estado de su tiempo. Su pensamiento inspiró a figuras como Jose Calvo Sotelo, con quien compartía una visión clara de España como nación y de la política como servicio. Maeztu entendió que la neutralidad ante la barbarie es complicidad. Defendió la caballería del espíritu —la nobleza en el combate intelectual— aun sabiendo que ese compromiso podía costarle la vida.

Y le costó.

El asesinato: la barbarie roja

En 1936, al comienzo de la Guerra Civil, Ramiro de Maeztu fue detenido, encarcelado y asesinado por milicias del Frente Popular. No hubo juicio. No hubo defensa. Hubo odio. El crimen de Maeztu forma parte de esa lista incómoda de asesinatos de intelectuales, sacerdotes, militares y ciudadanos cometidos por quienes decían luchar por la libertad.

La izquierda nunca ha pedido perdón por estos crímenes. Al contrario: los ha blanqueado, relativizado o silenciado. Mientras se habla de “memoria”, se practica el olvido selectivo. Mientras se señalan unas víctimas, se borran otras.

La hipocresía de la memoria

Hay una paradoja que retrata la desvergüenza moral de cierta izquierda española: institutos llamados “Ramiro de Maeztu” donde han estudiado —y estudian— dirigentes socialistas, sin el menor rubor, olvidando que su partido miró hacia otro lado o colaboró con el clima de violencia que acabó con su vida. Van a colegios con el nombre de quienes sus ideas políticas justificaron asesinar.

Eso no es reconciliación. Es cinismo.

Maeztu defendía la verdad frente a la propaganda, la tradición frente a la ingeniería social, la hispanidad frente al complejo y la nación frente al sectarismo. Por eso estorba aún hoy. Por eso se le cita poco y se le lee menos. Porque desmonta el relato.

Nostalgia de una España culta y valiente.

Hay en Maeztu una nostalgia inevitable: la de una España con intelectuales comprometidos, capaces de jugarse la vida por sus convicciones; una España donde el debate no se resolvía con censura y violencia, sino con ideas. Su asesinato marca el triunfo momentáneo de la barbarie sobre la razón.

Pero las ideas sobreviven a las balas. Maeztu cayó, sí. Pero no fue derrotado. Cada vez que se reivindica la verdad histórica, cada vez que se planta cara al relativismo y al odio ideológico, Maeztu vuelve a caminar con nosotros.

Recordar el nacimiento de Ramiro de Maeztu no es un acto académico; es un acto de justicia. Fue un pensador que amó a España sin complejos y pagó ese amor con la vida. Su asesinato retrata a una izquierda incapaz de convivir con la verdad y su legado interpela a una sociedad que ha aceptado el olvido como norma.

Maeztu nos dejó una lección incómoda y necesaria:

cuando la ideología sustituye a la verdad, la violencia siempre acaba llamando a la puerta.

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