La última “tropelía” la ha protagonizado en el Congreso de los Diputados, atacando a Pepa Millán, la brillante portavoz de VOX, con un tuit indecente que pasará a la galería de la ignominia política. “La ultraderecha ha llamado hoy en el @Congreso_Es a ‘liberar a los españoles del yugo de su gobierno’, citando explícitamente el caso Calvo Sotelo que utilizaron los fascistas en el año 1936 para desencadenar un golpe de Estado y una guerra civil”, escribió sin pestañear.
¡Qué vileza! ¡Qué manipulación tan burda! Rafael Simancas sabe perfectamente lo que ocurrió. Sabe que José Calvo Sotelo fue asesinado vil y cobardemente en julio de 1936 por pistoleros socialistas al servicio del Gobierno de entonces. Sabe que aquel crimen de Estado fue el detonante inmediato de una guerra civil que el PSOE que ellos ya habían comenzado con su intentona golpista del 1934. Después vinieron sus checas, sus persecuciones religiosas, sus quema de iglesias y conventos, sus matanzas en la retaguardia, aunque mucho de esto, incluso antes de comenzada la contienda. Simancas no es ignorante, es malo, y es simplemente un mentiroso compulsivo al servicio de una mentira mayor: la del PSOE como supuesto garante de la democracia, cuando en realidad ha sido su mayor enemigo a lo largo de la historia.
El PSOE no solo asesinó a Calvo Sotelo. Ahora, 90 años después, pretende también asesinar su memoria, negándonos el derecho a recordarlo y a reivindicarlo. Lo acusan de ser “utilizado” cuando lo que desearíamos es no tener que nombrarlo, porque eso significaría que no lo hubieran matado. Pero lo hicieron, y ahí está la mancha imborrable en la historia del socialismo español.
Simancas, como buen lacayo del régimen sanchista, cumple a la perfección su cometido: deformar la historia, atacar a la oposición y seguir medrando en la ciénaga política. Su carrera, plagada de fracasos, tuvo su momento más bochornoso en el célebre “Tamayazo”. Corría el año 2003 cuando, tras unas elecciones autonómicas en Madrid, Simancas estaba a punto de convertirse en presidente de la Comunidad. Pero dos diputados socialistas, Eduardo Tamayo y María Teresa Sáez, se negaron a investirle. ¿Por qué? Porque el PSOE, como es habitual, no cumplió con lo pactado, porque la corrupción y el engaño estaban detrás de los acuerdos, porque en la trastienda ya se repartían sillones y prebendas. El escándalo fue tal que hubo que repetir las elecciones. El resultado: Esperanza Aguirre ganó con mayoría absoluta y Simancas pasó a la irrelevancia.
Ese episodio, que en cualquier país serio habría terminado con su carrera política, en España se convirtió en un salvoconducto para seguir viviendo del cuento. Simancas no desapareció: fue recolocado, como hacen siempre con los inútiles útiles, Congreso, Senado, y cuando parecía que su pésima carrera política estaba terminada, se agarró al Sanchismo con la fuerza de un náufrago a punto de ahogarse. Así funciona el PSOE: los fracasados se reciclan, los enchufados nunca mueren.