He dedicado años de mi vida a estudiar, documentar y desmontar la narrativa oficial que durante décadas ha intentado blanquear al Partido Socialista Obrero Español. Dos tomos —Historia criminal del Partido Socialista y El PSOE contra España— bastan para demostrar, con absoluta claridad, que el PSOE no sólo es incompatible con el progreso de España: es directamente antagónico a él. No hay en su historia un solo episodio que pueda considerarse ejemplo de patriotismo, grandeza o compromiso con el bienestar de los españoles. Al contrario: odio, crimen, sectarismo y corrupción son las constantes que atraviesan su trayectoria desde su fundación hasta nuestros días.
Quien se acerca a la historia del PSOE con la mirada limpia y la documentación en la mano, llega a la misma conclusión: es un partido que jamás ha hecho nada por España; sólo ha trabajado para sí mismo, para su estructura, para su supervivencia y para destruir a quienes se interponen en su camino.
Desde el origen: violencia y amenaza como seña de identidad
El PSOE nació mal y ha seguido mal. Pablo Iglesias Posse, fundador del partido, dejó escrito y pronunciado en sede parlamentaria algo que hoy provocaría un escándalo monumental si lo dijera cualquier otro político:
amenazó directamente al líder del partido conservador Antonio Maura con un “atentado personal”.
No era una metáfora. No era un desliz. Era un aviso. Y dos semanas después, Antonio Maura salvaba la vida por muy poco. Esta es la verdadera tradición del socialismo español: el chantaje moral y político primero, la violencia después.
A partir de ese momento, la historia del PSOE se convierte en una sucesión de traiciones, golpismos y destrucción. El PSOE es el único partido europeo que defendió abiertamente la violencia revolucionaria como instrumento legítimo para conquistar el poder, al margen de partidos comunistas cercanos a la unión Soviética.
El único gesto “digno”: cuando sirvieron a Primo de Rivera, pero no por España, sino para destruir a la CNT
Los apologetas socialistas dicen que el PSOE sólo colaboró con una dictadura: la de Primo de Rivera. Y es cierto.
Pero lo que omiten —intencionadamente— es por qué lo hicieron.
No fue por España. No fue por sentido de Estado.
Fue para aplastar a su enemigo sindical, la CNT anarquista, que les disputaba la hegemonía obrera y el matonismo en la fábricas, sobre todo en Barcelona.
El PSOE no colaboró con Primo de Rivera por patriotismo; colaboró para eliminar competencia.
Este episodio resume a la perfección la naturaleza del partido:
siempre dispuestos a sacrificar los intereses de España para proteger los suyos.
La II República: del golpismo de 1934 al baño de sangre
Cuando accedieron al poder durante la II República, no tardaron en mostrar su verdadera cara. Deportaciones, checas, incendios de iglesias, violencia paramilitar, pistolerismo y finalmente la insurrección armada de 1934, con la que intentaron derrocar al gobierno legítimo porque no era socialista.
Una vez más, el PSOE sólo acepta la democracia si manda él.
El frente popular y el PSOE convirtieron España en un campo de exterminio ideológico.
Lo que vino después ya lo sabemos: guerra, odio, resentimiento y la voluntad expresa de borrar al adversario.
Felipe González: corrupción y Estado paralelo
Con la llegada de la democracia, lejos de regenerarse, el PSOE llevó su corrupción a niveles industriales.
GAL, Filesa, los fondos reservados, Roldán, Juan Guerra, Ibercorp…
La democracia española empezó a corromperse sistémicamente cuando el PSOE llegó al poder.
Felipe González fue el gran constructor del Estado clientelar, de la red de favores, del control mediático y del uso partidista de las instituciones.
Nada de esto ha desaparecido. Al contrario: Pedro Sánchez lo ha llevado a un nivel superior.
Zapatero: la nación en venta, el sectarismo como política de Estado
Tras Felipe llegó José Luis Rodríguez Zapatero, probablemente el presidente más incendiario que ha tenido España desde la II República.
Zapatero abrió la puerta al guerracivilismo moderno, reabrió las trincheras, fracturó la convivencia y sembró el odio como estrategia política.
Blanqueó a ETA, entregó la política exterior a sus amistades ideológicas —Cuba, Bolivia, Nicaragua, Venezuela— y dejó España al borde de la ruina económica.
Fue el paso necesario entre la corrupción de González y el totalitarismo de Sánchez.







