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Felipe González en victoria del Psoe en 1982
OPINIÓN

28 de octubre de 1982: cuando España cayó en manos del PSOE

La opinión de Javier García Isac de hoy, martes 28 de octubre de 2025

El 28 de octubre de 1982 no fue un día de triunfo democrático, como repite la propaganda oficial. Fue, en realidad, el inicio de la decadencia moral, política e institucional de España. Aquel día, el Partido Socialista Obrero Español, con Felipe González al frente, lograba una victoria aplastante en las urnas y abría una nueva etapa que muchos vendieron como la “modernización” del país, pero que pronto se demostró como lo que realmente era: la instauración del régimen socialista.

Durante la Transición, todo se diseñó para ese momento. Desde el aparato mediático hasta la estructura política, la Transición giró en torno al PSOE. Los arquitectos del nuevo sistema sabían que el socialismo era el rostro “amable” con el que España podía ser aceptada en la nueva Europa, y por eso se preparó el terreno para que Felipe González llegara al poder. La victoria estaba prevista para 1979, pero la maquinaria no estaba aún lista: la UCD, con Suárez, ganó por inercia, pero ya era un cadáver político. Tres años después, con un país desorientado, una derecha acomplejada y una izquierda reorganizada, la historia dio el giro que los de arriba esperaban.

Aquel 28 de octubre, los medios —ya controlados por el socialismo y la oligarquía financiera— vendieron la victoria del PSOE como el fin del franquismo. Se hablaba de “libertad”, de “Europa”, de “cambio”, de “juventud”. En realidad, era el comienzo del clientelismo, la corrupción y el pelotazo. Lo que se inauguraba no era una nueva España, sino un nuevo régimen, el del bipartidismo, la manipulación mediática y la mentira institucionalizada.

Felipe González llegó al poder prometiendo regeneración, ética, democracia y progreso. No cumplió nada. Prometió acabar con el paro y lo duplicó; prometió acabar con la corrupción y la convirtió en marca registrada; prometió una España moderna y nos dejó endeudados, humillados y desindustrializados. Bajo su mandato se cerraron fábricas, se destruyó el campo, se entregó la soberanía económica a Bruselas y se arrasó el tejido productivo en nombre del “progreso europeo”.

Y mientras tanto, el poder se repartía entre los suyos. Nació la cultura del pelotazo, el compadreo, el “tú me colocas a uno y yo a otro”. Las televisiones se convirtieron en agencias de propaganda socialista, y la prensa “independiente” vivía del dinero público y la publicidad institucional. El PSOE creó su propio Estado dentro del Estado, una red clientelar que aún hoy sigue viva en las administraciones, los sindicatos, las universidades y los medios de comunicación.

Nada de lo que se prometió aquel 28 de octubre de 1982 se cumplió. Se habló de libertad, pero se instauró el pensamiento único. Se habló de justicia, pero se manipuló la judicatura con la infame reforma del 85, que puso el Consejo General del Poder Judicial bajo control político. Se habló de igualdad, pero se sembró el odio de clases y territorios. Se habló de progreso, pero se destruyó la economía nacional.

Y, como colofón, el felipismo abrió el camino al sanchismo. Porque Pedro Sánchez no es una anomalía: es la consecuencia lógica de Felipe González. La corrupción institucionalizada, la manipulación mediática, el control del poder judicial, la mentira convertida en estrategia política… todo empezó en 1982. Sánchez no ha traicionado al PSOE, lo ha completado.

Resulta grotesco escuchar hoy a algunos decir que “España necesita el PSOE de Felipe González”. No, España no necesita a ningún PSOE. Ni el de González, ni el de Zapatero, ni el de Sánchez. Porque el PSOE es el mismo de siempre: un partido sectario, corrupto y enemigo de la nación. Un partido que en 1934 dio un golpe de Estado, que en 1936 llevó a España a la guerra civil, que en 1982 instauró la corrupción moderna y que en 2018 pactó con separatistas y terroristas para mantenerse en el poder. La historia cambia los nombres, pero el ADN es el mismo.

Y como anécdota que dice mucho de aquel momento, Pablo Escobar, el narcotraficante más famoso del planeta, viajó a Madrid para celebrar la victoria del PSOE. No fue un rumor ni una exageración: hay testimonios de cómo el cartel de Medellín consideró aquel triunfo como una oportunidad para “abrir Europa” al negocio. Esa imagen —el capo celebrando en la capital de España el ascenso del socialismo— fue una profecía política. Lo que vino después fueron los GAL, las cloacas, el narcotráfico institucionalizado y la corrupción generalizada.

El 28 de octubre de 1982 no triunfó la democracia, triunfó la mentira. Y cuatro décadas después, seguimos viviendo bajo las consecuencias de aquel engaño. Los que entonces prometieron un país moderno lo convirtieron en un país fracturado, sometido y moralmente arruinado. Lo que nació como “socialismo español” se convirtió en una maquinaria de poder al servicio de la oligarquía y de los enemigos de España.

El felipismo fue el primer acto del sanchismo. El escenario cambió, pero los actores y el guion son los mismos. La corrupción, el cinismo y el desprecio por la nación son la verdadera herencia del 28 de octubre de 1982.

Aquel día, España votó cambio. Lo que obtuvo fue régimen.

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