Se viene otro periodismo, uno sin sobre, sin miedo, sin amo. Uno que no le debe nada a nadie, que investiga, que muerde, que entra en las madrigueras del poder con la lámpara encendida y el alma dispuesta a mancharse. En Argentina también —esa tierra donde el tango convive con la catástrofe y la esperanza— se ha roto algo. Lo viejo ha muerto, lo ególatra se deshace. Esta madrugada, cuando el humo de la inflación y de los discursos quemados se disipó, emergió la ráfaga libertaria: los mercados, dicen, “van a volar”. Pero lo que realmente ha volado son los fantasmas de un siglo de decadencia. Javier Milei y La Libertad Avanza alcanzaron más del cuarenta por ciento del voto nacional y sellaron una ruptura: el pueblo argentino no votó solo a un hombre, votó contra una costumbre. Dijo basta a la rutina del fracaso y al gesto satisfecho de los que creían que el mundo eran ellos.
Las urnas no solo contaron votos: escribieron una catarsis. Lo que hasta ayer era un delirio de economista furioso se ha convertido en mandato. Milei encarna la cólera sagrada del pueblo contra el clientelismo que lo adormecía. En su discurso hay algo de Savonarola y algo de showman, algo de cruzada y algo de rock. Pero no importa el matiz: la liturgia peronista, con su misa de subsidios y su incienso de deuda, se vio empujada al altar del pasado. El pueblo ha querido cortar el hueso y ver si todavía sangra.








