Las últimas revelaciones sobre los mensajes privados entre Pedro Sánchez y su escudero de confianza, José Luis Ábalos, han terminado de confirmar lo que ya era una certeza para muchos: el presidente del Gobierno no solo conocía al detalle la mal llamada trama Koldo, sino que era, muy posiblemente, su director de orquesta. Los WhatsApp filtrados, lejos de mostrar a un Sánchez ajeno o incómodo ante las maniobras de Ábalos, dibujan a un líder frío, calculador, autoritario y sin escrúpulos, que se servía de su secretario de organización para rentabilizar políticamente cada movimiento, cada crisis y cada operación.
Sánchez no es la víctima de una corrupción que le estalló cerca. Es el jefe. El número uno. El beneficiario directo. Todo apunta a que lo que se hacía en el entorno de Ábalos, Koldo, Barrabés y compañía, se hacía por orden directa o con pleno conocimiento de Pedro Sánchez. No estamos ante un caso aislado, sino ante la constatación de que el presidente construyó y dirigió una red de poder donde la lealtad y el silencio se premiaban… y donde la dignidad y la verdad se castigaban.
Los mensajes lo dejan claro: Sánchez desprecia a sus ministros, insulta a sus colaboradores y se burla incluso de quienes, como Margarita Robles, aún pretenden mantener una imagen institucional. ¿Y qué hace Robles ante los insultos, las burlas y la humillación personal? Nada. No dimite. No denuncia. No levanta la voz. Simplemente traga. Se aferra a su silla en el Consejo de Ministros como si nada hubiera pasado. Así es el socialismo de hoy: sumiso, cobarde, sin principios ni dignidad.
Pero la imagen de la descomposición socialista no termina ahí. Mientras los españoles se escandalizan con los mensajes entre Sánchez y Ábalos, la portavoz del PSOE, Esther Peña, suelta una frase que pasará a la historia de la infamia política: “Los chats son aburridos, los de mis primos son más divertidos”. ¿Cabe mayor desprecio a los ciudadanos? ¿Cabe mayor falta de vergüenza? Peña, portavoz de un partido en el poder, se ríe de una trama que ha saqueado dinero público, que tiene a imputados por doquier, que ha deteriorado la imagen de nuestras instituciones… y lo encuentra aburrido. El sanchismo no solo ha destruido al PSOE: ha destruido toda noción de decoro.
Y en esta tragicomedia socialista, tampoco faltan los actores secundarios que ahora fingen sorpresa. Susana Díaz, Emiliano García-Page, Javier Lambán… todos los que durante años callaron, apoyaron, bendijeron o simplemente se beneficiaron del ascenso de Pedro Sánchez, ahora alzan tímidamente la voz. Ahora se escandalizan. Ahora dicen que “esto no es el PSOE que conocieron”. Pero lo cierto es que siempre supieron a quién servían. Siempre conocieron el carácter narcisista y autoritario de Sánchez. Siempre supieron que no había escrúpulos, que solo había ambición. Lo apoyaron cuando les convenía y ahora, ante el naufragio, fingen dignidad. Tarde y mal.







