El 19 de noviembre de 2002 España contemplaba, impotente, cómo el buque petrolero Prestige se hundía a 130 millas de Finisterre, frente a las costas gallegas. Aquel viejo barco, partido en dos tras días de deriva, vertió miles de toneladas de fuel al Atlántico, provocando una catástrofe medioambiental sin precedentes. Pero más allá del drama ecológico, aquel episodio fue aprovechado como un arma política. Porque si algo caracteriza a la izquierda española —ayer y hoy— es su absoluta falta de escrúpulos a la hora de convertir la desgracia en oportunidad, la tragedia en propaganda y el dolor en rédito electoral.
El hundimiento del Prestige no fue solo un desastre marítimo: fue el punto de partida de una campaña política perfectamente orquestada contra el Gobierno de José María Aznar y contra la Xunta de Galicia presidida por Manuel Fraga. Desde el minuto uno, el PSOE y sus satélites mediáticos buscaron culpables, no soluciones. Se trataba de erosionar, de debilitar, de señalar con el dedo a quienes representaban el orden, la estabilidad y la gestión responsable. Les daba igual el chapapote que cubría las costas gallegas; lo importante era ensuciar al adversario político.
Aquel “Nunca Máis” que inundó las calles no era una reivindicación ciudadana inocente. Fue un movimiento manipulado, instrumentalizado por la izquierda, que vio en la tragedia la oportunidad de oro para desgastar al Gobierno del Partido Popular. Muchos de los que agitaban pancartas no sabían ni lo que era un petrolero monocasco, pero sí sabían perfectamente a quién querían hundir: a Aznar y a Manuel Fraga.
Y lo consiguieron. No con razones, sino con ruido. No con soluciones, sino con acusaciones. Convertieron un desastre natural en un arma política de destrucción masiva. Nadie recuerda que el Prestige se hundió en aguas internacionales, ni que las decisiones se tomaron conforme a los protocolos marítimos de la época. Nadie habla de la responsabilidad de las autoridades europeas o de la bandera de conveniencia del barco. Todo se centró en demonizar a un Gobierno que, con sus aciertos y errores, actuó con la prudencia y la responsabilidad que al parecer, exigía el momento. Pero ayer como hoy, también quedó de manifiesto el desastroso modelo autonómico que dicen que nos hemos dado.
Han pasado más de veinte años y, sin embargo, la historia se repite con precisión milimétrica. El guion es el mismo, los actores apenas han cambiado. Hace apenas un año, una gota fría arrasó la Comunidad Valenciana y parte de Albacete. Más de doscientas treinta personas perdieron la vida. Las ayudas llegaron tarde o nunca. Los voluntarios, no el Estado, fueron los que ayudaron a los afectados. Y mientras tanto, Pedro Sánchez y su Gobierno seguían ocupados en el control de los jueces, en el asalto al Consejo General del Poder Judicial o en el blanqueamiento del separatismo.
El resultado: una tragedia humana y política. Pero esta vez, curiosamente, nadie pide dimisiones ni responsabilidades dentro del gobierno central, solo del valenciano. Nadie organiza manifestaciones “Nunca máis” contra Sánchez. Los mismos que en 2002 pedían la cabeza de Aznar, hoy callan ante la incompetencia y el cinismo del socialismo actual. Peor aún: callan porque muchos son cómplices.







