El 18 de noviembre de 1975, apenas dos días antes de la muerte del Jefe del Estado, las Cortes Españolas se reunían bajo la presidencia de Alejandro Rodríguez de Valcárcel. Aquel día, a las diez de la mañana, en el Palacio de la Carrera de San Jerónimo, se vivía una sesión tensa, solemne, cargada de silencios. España estaba en vilo. Francisco Franco agonizaba. Y mientras el país entero contenía la respiración, los cimientos del régimen que había dado a España su época de mayor prosperidad, estabilidad y respeto internacional en siglos, comenzaban a resquebrajarse por dentro.
Era el día en que muchos, todavía vestidos con la camisa azul y con los medallones del Movimiento al cuello, empezaban a tantear cuál sería su sitio en el “nuevo tiempo” que se avecinaba. Algunos, con lágrimas sinceras en los ojos, sabían que se cerraba una era. Otros, los que después se autoproclamarían “padres de la democracia”, ya conspiraban para borrar su pasado y vestir de demócratas a quienes habían servido lealmente a Franco hasta el último suspiro.
El inicio de una farsa cuidadosamente planificada
El pleno de las Cortes del 18 de noviembre fue el verdadero preludio de la llamada Transición. Mientras Franco seguía con vida, los suyos ya empezaban a vender su legado. Rodríguez de Valcárcel presidía la sesión, consciente de que el tiempo del Caudillo se agotaba. Se hablaba de continuidad, de reforma, de futuro, pero lo que realmente se tramaba era una operación quirúrgica: desmontar el régimen desde dentro, para entregárselo en bandeja a quienes habían sido derrotados en 1939.
Se repite hasta la saciedad que la Transición fue modélica, pacífica, ejemplar. Falso. Fue, en realidad, una cesión calculada, una claudicación moral y política ante la izquierda y los separatismos. Una rendición sin condiciones en la que los herederos del franquismo se avergonzaron de su obra y buscaron el perdón de quienes nunca se lo concederían. Y aquel 18 de noviembre de 1975 fue el punto de partida de esa gran estafa histórica.
Los que lloraban y los que ya negociaban
En aquellos días, mientras España entera rezaba por el Caudillo, mientras el pueblo colmaba plazas e iglesias con misas por su salud, una parte de la élite política del régimen ya maniobraba. En El Pardo se velaba la figura de un hombre que había salvado a España del comunismo, de la ruina y del caos. Pero en los despachos de algunos ministerios y en los pasillos de las Cortes, se tejía la red de la nueva etapa: la de la Monarquía parlamentaria, la de la UCD, la de los “reformistas” que no reformaron nada, sino que traicionaron todo.
Fue en esas horas, incluso antes del fallecimiento de Franco, cuando Adolfo Suárez —entonces un discreto secretario general del Movimiento— empezó a ser mencionado como figura de consenso para pilotar el cambio. Suárez no fue un reformador: fue el hombre elegido por los oportunistas para desmantelar lo que otros habían construido con sangre, sacrificio y décadas de esfuerzo. La UCD no nació como un partido nuevo, sino como el refugio de todos aquellos que quisieron seguir viviendo de la política bajo otras siglas, renunciando a sus principios y renegando de su pasado.







