El Partido Popular ha vuelto a retratarse. Esta vez ha sido en Santander, donde ha votado junto al PSOE y a la extrema izquierda para borrar del callejero los nombres de aquellos que forjaron, defendieron y dieron su vida por España. El consistorio, con los votos del PP, ha aprobado retirar 15 nombres de calles, entre ellas las dedicadas al General Dávila y Camilo Alonso Vega. Pero lo más vergonzoso de todo es el respaldo a la retirada de la Medalla de Oro de la ciudad a Luis Carrero Blanco, presidente del Gobierno asesinado por la banda terrorista ETA. Una víctima del terrorismo a la que el Partido Popular ha vuelto a asesinar políticamente. ¿Dónde están ahora los discursos de firmeza contra ETA, la defensa de las víctimas, el respeto por nuestra historia?
Este nuevo acto de cobardía política no es un caso aislado. Es parte de una tendencia constante en el Partido Popular: ceder ante la izquierda, plegarse a sus marcos ideológicos, renunciar a los principios y traicionar a sus votantes. El mismo PP que en Gijón apoyó convertir en Hijo Predilecto al criminal comunista Santiago Carrillo, responsable de las matanzas de Paracuellos. El mismo PP que en Galicia permitió, sin oponer resistencia, que se retirase el nombre de su propio fundador, Manuel Fraga, de una calle en Cariño. ¿Qué se puede esperar de un partido que reniega incluso de los suyos?
No estamos ante errores puntuales ni excepciones. Estamos ante una traición estructural. El PP se ha convertido en un partido vacío, desnortado, sin principios ni rumbo. Se presenta como la alternativa al socialismo, pero actúa como su cómplice necesario. Y lo peor de todo es que cada vez que gobierna, hace justo lo contrario de lo que promete en campaña. La hemeroteca está llena de promesas rotas, de promesas de derogar leyes ideológicas que luego no solo mantienen, sino que aplican con entusiasmo.
Lo que ha sucedido en Santander es especialmente grave porque muestra hasta qué punto el Partido Popular ha asumido el relato de la izquierda. Han comprado sin rechistar la falsa Ley de Memoria Democrática —esa ley totalitaria que pretende imponer una visión única del pasado y criminalizar toda disidencia—, y la aplican con más diligencia que el propio PSOE. No solo no la derogan, sino que la ejecutan.
Hoy quitan el nombre de Luis Carrero Blanco de una calle, mañana lo quitarán de los libros de texto, pasado mañana de la memoria colectiva. Quieren reescribir la historia y borrar todo rastro de la España que resistió al comunismo, al separatismo y al terrorismo. Y el PP, lejos de plantar cara, se convierte en brazo ejecutor de esa infamia.







