En el último espacio hablamos sobre el corrimiento al azul. Cómo, desde el punto de vista del votante de izquierdas, cuando el PP se aproxima a ellos deslizando su posición a la izquierda, su aspecto adquiere, de hecho, un tono más azulado. Dicho de otro modo: cuanto más se humillan, más los desprecian. Más extremérrima derecha son bajo su punto de vista.
Y el problema no es el infructuoso intento de captar esos votantes, sino la imperdonable legitimación de las premisas socialistas en cada nuevo pliegue de cerviz.
Concluíamos advirtiendo que en España ya no existe nada que podamos llamar centro, en España se ha erigido un muro, un muro que ha desgarrado al pueblo en dos. Un muro que solo admite dos posiciones: o estás detrás de él o estás enfrente de él.
En su discurso de investidura, Pedro Sánchez cometió un error de bulto. ¡El tío se autoproclamó el muro ante la oposición! Y claro… lejos de evocar esa imagen fuerte y heroica que pretendía, dejó entrever aquello que realmente ansía. A muchos nos vino a la memoria el recuerdo gris del Muro de Berlín.
Levantar muros no tiene por qué ser malo. Los muros protegen nuestras casas y, no hace tanto, protegían nuestras ciudades del enemigo exterior, confiriendo a la ciudad unidad, entidad e identidad.
Sin embargo, en el marco socialista, el enemigo no está en el exterior. El enemigo siempre es parte del propio pueblo, siempre se encuentra en el interior. Hay que derribar los muros que rodean la ciudad y, con los cascotes, levantar uno nuevo que divida a la ciudadanía en dos. Los cañones, antes orientados al exterior, apuntarán ahora a su propia gente para que no escape de ese pedacito de cielo en la tierra que el socialismo siempre ha procurado para sus gobernados.