La maravilla de ser mujer y el milagro de la maternidad
Vivimos en un mundo que intenta convencernos de que ser mujer, con todo lo que ello implica, es una desgracia. Nos quieren hacer creer que para ser felices y plenas debemos renunciar a lo propiamente femenino, como si nuestra naturaleza fuera un obstáculo y no un don. Nos bombardean con la idea de que ser mujer es una desventaja frente a ser hombre. Sin embargo, en medio de esta narrativa, yo no puedo sino recordar la maravilla y la grandeza de vivir en primera persona el milagro de la maternidad.
La maternidad es una experiencia extraordinaria que, aún siendo natural, es sobrecogedora. Es algo que nos trasciende, tanto a las madres, que vivimos en primera persona cómo se va gestando una vida en nosotras, como a los padres, que esperan confiados ante este milagro. El comienzo de la vida, el embarazo, el nacimiento, el cuidado del bebé, el lazo físico y espiritual con nuestros hijos tiene una dimensión existencial que nos configura como personas. La maternidad no quita nada a la mujer. Al contrario, ser madre amplía los horizontes de la vida y de la personalidad.
Es por ello que no puede entenderse que, si lo que se quiere es el bien de la mujer, se trate de promover una comprensión de la sexualidad tan frívola que la reduzca únicamente al placer y la desconecte por completo de la posibilidad de dar vida. Es por ello que no puede entenderse que, si lo que se quiere es que la mujer gane -derechos, felicidad, plenitud…- se la obligue a perderse toda la maravilla que acompaña a su feminidad, a su fertilidad, a su maternidad.
Resulta difícil comprender cómo hemos caído en la trampa de aceptar una narrativa que nos aleja de nuestra propia naturaleza en nombre de una supuesta “igualdad de género”. Pero, ¿qué igualdad puede fundamentarse en la negación de nuestra propia esencia? Una “igualdad” construida sobre la contracepción y la negación de nuestra identidad es una agresión a la dignidad de la mujer.
Mientras tanto, nuestros hijos crecen en una sociedad hipersexualizada. Las redes sociales y las plataformas digitales transmiten una visión instrumental de las relaciones humanas. El fácil acceso a la pornografía corrompe la inocencia y empuja a los niños a un despertar abrupto de la vida adulta, muchas veces reforzado por una educación sexual ideologizada, que no se adapta a su madurez emocional. Se les anima a adentrarse en experiencias para las que no están preparados, enseñándoles antes sobre anticoncepción que sobre el milagro de la concepción.







