Se cumple un año de uno de los episodios más vergonzosos y patéticos de la política reciente en España: la carta que el presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, dirigió a la ciudadanía para anunciar que “se tomaba cinco días para reflexionar” sobre su continuidad al frente del Ejecutivo. Cinco días de parálisis institucional, de incertidumbre nacional, y de utilización partidista del aparato del Estado al servicio del relato victimista de un autócrata. Porque eso fue lo que hizo Sánchez: secuestrar a un país entero bajo la coartada emocional de una supuesta campaña de ataques personales que no era otra cosa que la legítima publicación de informaciones que afectaban directamente a su entorno más próximo, incluida su esposa, Begoña Gómez, y su hermano, David Sánchez.
La carta fue publicada el 24 de abril de 2024. En ella, Sánchez intentó presentarse como una víctima. Hablaba de su “necesidad de parar y reflexionar”, como si España pudiera permitirse el lujo de tener un presidente en funciones emocionales. Pero lo cierto es que nunca tuvo intención de dimitir. Fue una operación política calculada, diseñada para reposicionarse, rearmarse mediáticamente y buscar un golpe de efecto que desviase la atención sobre los escándalos que en ese momento asediaban a su Gobierno. La carta fue una cortina de humo. Un montaje. Un insulto a la inteligencia de los ciudadanos.
Para entonces, ya se conocían las primeras investigaciones judiciales que salpicaban a su mujer, Begoña Gómez, por sus vínculos con empresas que se habían beneficiado de contratos públicos tras su intervención directa. El caso Barrabés, el escándalo de la cátedra en la Complutense, el tráfico de influencias a través del África Center y las conexiones con el rescate de Air Europa eran ya públicos. También se comenzaban a conocer detalles sobre su hermano David, funcionario en la Diputación de Badajoz sin tareas claras, con sospechas de fraude fiscal y de falseamiento de residencia, que acabaría por ser investigado judicialmente. A esto se sumaba la bomba del caso Ábalos: su exministro de Transportes, amigo íntimo y mano derecha durante años, estaba implicado en una trama de comisiones ilegales, prostitución y contratos públicos, en la que también aparecía el nombre de Koldo García, el hombre que Sánchez había ayudado a colocar en la estructura del poder.







