La Fiscalía Anticorrupción ha pedido 24 años de cárcel para José Luis Ábalos y 19,5 para su inseparable Koldo. Más de veinte años. Dos décadas de prisión por una de las tramas más groseras, más descaradas y más indecentes que hemos visto en democracia. Ambos ya están en prisión preventiva y sin fianza. Y, sin embargo, hay quien pretende hacernos creer que Pedro Sánchez, ese presidente omnipotente, obsesivo, controlador hasta la extenuación, no sabía nada. Que todo pasó ante sus narices y él, en su infinita ingenuidad, era ajeno al lodazal que se extendía por debajo de la mesa presidencial.
Es una broma. Una burla al sentido común. Una tomadura de pelo.
Porque es materialmente imposible que Sánchez y su círculo de confianza —ese sanedrín oscuro formado por Santos Cerdán, Félix Bolaños, Begoña Gómez y compañía— desconocieran lo que estaba ocurriendo. Ábalos no era un don nadie: era su ministro de Fomento, su número dos, su mano derecha, su muleta parlamentaria, su escudero en la moción de censura de 2018, el hombre que le sostuvo cuando medio PSOE quería echarle a patadas. Koldo no era un chofer: era el recadero de la casa, el chico de los favores, el que movía sobres, maletines, comisiones y mascarillas falsas mientras todos miraban hacia otro lado.
Y ahora, cuando la Fiscalía apunta con toda su contundencia, cuando pide más de 20 años de cárcel, cuando la podredumbre sale por las alcantarillas, Sánchez quiere hacernos creer que la responsabilidad es individual, que esto es un “caso aislado”, que él es víctima de un engaño.
No cuela.
Ya no.
Ábalos está fuera, pero sigue dentro
La gran prueba de que Sánchez y Ábalos seguían trabajando juntos es evidente y pública:
Desde que Ábalos estaba en el Grupo Mixto, ha votado siempre lo mismo que el PSOE. Siempre. Sin excepción.
Uno se pregunta:
¿Eso es normal?
¿Eso lo hace un diputado libre?
¿Eso lo hace alguien que ha sido traicionado por su partido?
No.
Eso solo lo hace alguien al que tienen sujetado por el cuello, alguien que sigue obedeciendo órdenes porque sabe que, si habla, se hunden todos.
Y ahí está la clave: Sánchez teme a Ábalos, y Ábalos teme lo que sabe Sánchez.
Una relación de rehenes mutuos.
El régimen agónico de Sánchez: morir matando
Sánchez está acorralado. Y no por la derecha, ni por la prensa libre, ni por la Justicia europea. Está acorralado por su propia corrupción, por su propia soberbia, por los monstruos que él mismo alimentó.
Lo sabe.
Lo nota.
Lo respira.
Por eso reacciona como lo hacen los líderes autoritarios cuando ven que llega su final: intenta morir matando.
Se aferra al poder con uñas y dientes. Manipula instituciones, presiona a la Fiscalía General del Estado, dobla el brazo del Tribunal Constitucional, legisla contra la oposición, convierte la Moncloa en un búnker, amenaza a los jueces y ataca a todo aquel que no se arrodille.
No se va porque sabe perfectamente lo que le espera fuera:
investigaciones, imputaciones, juicios…
y muy posiblemente, la cárcel.
Él mismo ha sido el responsable de unir su destino personal al destino del Estado.
Si él cae, su entramado cae con él.
Y por eso se resiste.
Santos Cerdán, el peón que ya no puede destruir pruebas
Mientras tanto, el otro gran nombre del sanchismo, Santos Cerdán, disfruta de una libertad vigilada, una especie de respiración asistida judicial:
ya no puede destruir pruebas —eso entiende el juez—, pero aún pesa sobre él un cúmulo de medidas cautelares que dejan claro que la Justicia sabe que ahí dentro hay mucho que rascar.
La trama no era un tenderete. No era una estafa de dos manzanas.







